miércoles, septiembre 13, 2017

APORÍAS NACIONALISTAS

Tras la Segunda Guerra Mundial, conocidas las atrocidades nazis, el concepto de raza entra en declive moral y durante la segunda mitad del siglo XX, tras serias investigaciones genéticas, se convierte también en un concepto débil científicamente. Esto hace que casi ningún nacionalista identitario se atreva hoy explícitamente a hablar de raza. Resulta que la raza es sustituida por la lengua, más políticamente correcta, aderezada hábilmente con la palabra cultura, tan bien sonante como un hermosísimo vals. De modo que si en lugar de apelar a una raza diferente para justificar la secesión apelamos a la lengua y a la cultura, siendo exactamente lo mismo, parece otra cosa más digna y respetable. No obstante, en la mayoría de las naciones políticas actuales se hablan varias lenguas y en diferentes estados usan una misma lengua: Ingles en Reino Unido y EE.UU, y español en España y Argentina, por ejemplo.
     
     ¿Y qué ocurre cuando en una nación política se habla la misma lengua? Entonces es el factor religioso el que se constituye como bandera del nacionalismo identitario. De lo que se deduce que sería una tragedia inmensa para cualquier nacionalista identitario no disponer de alguno de estos tres rasgos justificativos para llevar a cabo su programa político. Se entiende entonces la angustia de los nacionalismos lingüísticos, sin raza ni religión a la que echar mano.

     De modo que raza, lengua y religión han sido tradicionalmente los elementos que han intentado justificar la existencia real de una nación; los signos visibles de una realidad inabarcable y preexistente que, como puntas insignificantes de iceberg, se han considerado demasiadas veces pruebas irrefutables de la vastedad de hielo sumergido en las aguas. Y, sin embargo, esta dialéctica nacionalista de lo oculto y lo profundo sólo puede articularse en un lenguaje esquivo ajeno a la razón, pariente cercano del sermón religioso o la narración mítica.

     Los que admiten que la nación es una monolítica y fantasmal identidad colectiva no pueden obviar que se manifiesta en individuos reales de carne y hueso; es decir, de modo discontinuo. Siendo el Estado un territorio continuo, ¿cómo conjugar esta asimetría?, ¿qué hacer con presuntas naciones diferentes con distintas identidades que conviven en el mismo espacio? Hitler tenía su propia respuesta. Pero para todos los que no comulgamos con ella es, desde luego, una ineludible aporía.

      La democracia tiene que ver con decidir, pero no es solo derecho a decidir. No tenemos derecho a decidir si mañana saldrá el Sol o si linchamos al vecino tan solo porque lo deseamos y lo sentimos así, sin más. Aunque sea mediante un inmaculado referéndum. La soberanía tampoco se decide por sufragio. Nos viene dada por la Historia o se cambia tras un hecho revolucionario: lo que hoy ocurre en Cataluña es una revolución de la señorita Pepis disfrazada de legalidad.

      No hay derecho a la secesión de una parte en relación con el todo, pues la parte no tiene derecho a destruir al todo. En puridad ni siquiera el todo tiene derecho a destruirse a sí mismo, pues la soberanía es inalienable. El derecho a decidir si somos soberanos es un absurdo lógico y jurídico, pues si tal derecho existiese se estaría constatando la soberanía antes de la misma decisión. Reconocer este falso derecho implicaría de facto eliminar la soberanía española.

     Si la creación de un Estado fuese cuestión de decisión colectiva según deseos y sentimientos, entonces éstos deberían ser expresados periódicamente por cada generación. Pues el deseo, como la donna de la ópera, è mobile. Abuelos, padres e hijos pueden desear y sentir cosas diferentes. Aun así, tan digno de ser escuchado sería el anhelo independentista de algunos vascos o catalanes como el del último pueblo de la provincia de Albacete, y aun del más pequeño de los barrios de ese último pueblo, y así ad infinitum. De modo que la aporía del nacionalismo identitario se nos cuela esta vez por otra rendija. Abstracta reflexión que nos lleva a lo concreto: Badalona o el pequeño municipio de Pontons, pongamos por caso. ¿Reconocemos su derecho de autodeterminación señora Forcadell?

      Los Estados europeos son el resultado de complejos avatares históricos. Es una cuestión de facto, no de iure. Surgieron a trancas y barrancas, y demasiadas veces se apeló a bodas concertadas que sólo convenían a reyes o príncipes. Pero este hecho no justifica que los actuales estados deban ser desmantelados. La mayoría de los que optamos hoy por conservar las Pirámides de Egipto no aprobamos la manera en que se levantaron. Los estados son fruto de la Historia y no responden ya a ninguna voluntad malvada a la que podamos llevar a un tribunal. Pocas cosas humanas que veneramos todos los días han nacido por una irreprochable racionalidad y buena voluntad. Si Alexander Fleming hubiese investigado sólo por deseo de fama o vanidad, ¿deberíamos dejar de usar la penicilina?

      Estamos en el siglo XXI y pretendemos aprender de la Historia. Desde una postura mínimamente ilustrada el problema de destruir o construir un Estado carece de interés. Lo verdaderamente importante es si ese o aquel Estado es apropiado para mantener la paz, si sus ciudadanos son libres, hay verdadera justicia social y respeto debido a las minorías. ¿O acaso los muy democráticos constructores de nuevos estados pretenden instaurar valores muy diferentes a éstos? Visto lo visto estos días en el Parlamento de Cataluña no es una hipótesis descabellada.

     La Historia puso las fronteras, pero las generaciones presentes podemos hacer algo mucho más importante: que a un lado y al otro de la línea haya justicia y libertad.

Jesús Palomar
  Artículo publicado el 11 de septiembre de 2017 en Periodista Digital.

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