sábado, julio 29, 2017

LABERINTOS POLÍTICOS



Libro a caballo entre la divulgación y la reflexión crítica. Un repaso a las ideas políticas de Platón, Aristóteles, Hobbes, Locke y Rousseau. Y una reflexión crítica e histórica sobre conceptos políticos fundamentales: Estado, soberanía, democracia, monarquía, república y constitución, entre otros. El ensayo analiza asimismo temas como la relación entre la verdad y la política, la legitimidad y la ley o la compatibilidad entre Estado de derecho y las excepciones legales que se vislumbran tras la discriminación positiva defendida por colectivos neofeministas y de género. El lector encontrará también al final del volumen una recopilación de artículos periodísticos sobre cuestiones políticas de actualidad.

viernes, abril 14, 2017

IDENTIDAD Y FICCIÓN


Quién soy es una pregunta personal e intransferible. Se trata de un asunto filosófico que incumbe al propio sujeto. Por mi parte, estoy con Heráclito: la identidad es una ficción. Un juego que crea estructuras. Nada permanente somos porque estamos siendo de continuo. Pero resulta que la mentira de la identidad es necesaria para que funcione otra gran mentira: la del lenguaje y la comunicación.
La mentira del lenguaje y de la identidad posibilitan pues un mínimo de entendimiento que revierte en pragmatismo, aunque suene contradictorio. Así pues, cuando le pido al camarero una cerveza, me trae efectivamente una cerveza; aunque en rigor ni el camarero ni la cerveza ni yo mismo tenemos identidad fija y todo es un puro proceso: he ahí el inquieto rió de Heráclito. Ahora bien, la mentira funciona porque todos hemos convenido en que la cerveza es cerveza y el camarero es camarero, incluido el propio camarero. Lo podemos asumir como un mero juego o como algo muy serio. Eso es lo de menos para que la cosa funcione. Si el camarero piensa que es farmacéutico e incluso lo proclama a los cuatro vientos no hay en principio ningún problema, pero si no se da por aludido cuando pido sus servicios y solo despacha medicamentos sería harto complicado llevar a cabo algo tan sencillo como tomarse una cerveza en el bar. Al eliminar el carácter intersubjetivo del lenguaje, que es tanto como eliminar el lenguaje mismo, la comunicación se vuelve imposible. Como decía Wiettgenstein, no hay lenguajes privados. Si un calvo decide ser melenudo porque así lo siente, habrá resuelto a su manera el problema filosófico de su identidad, pero si va a una peluquería para que le hagan un sofisticado peinado, obviamente el peluquero no entenderá nada. Seguirá viendo una cabeza lisa y brillante como una bola de billar. De modo que una persona que con un cuerpo biológicamente masculino se sienta mujer y proclame que lo es no supone ningún problema para nadie. Es la particular solución que tal persona da al problema filosófico de su identidad. Solo habrá ciertos malentendidos,con nula intencionalidad, si tal persona es percibida como un hombre por los demás. Y esto dependerá fundamentalmente de su aspecto y de las convenciones sociales al respecto, y no tanto de su digna decisión que tan solo conoce él. O ella.
 Pero la locura total resultaría si el Estado decidiese tomar partido en todo esto. ¿Tendrá derecho entonces el hombre que se siente mujer a entrar en los servicios de mujeres? ¿Le asignará la seguridad social un ginecólogo en lugar de un urólogo?¿Y si un adulto se siente niño tendrá derecho a matricularse en la ESO? ¿Tendrá derecho el camarero a que el Estado le ponga una farmacia porque se siente farmacéutico?, ¿deberá obligar el Estado al peluquero a obrar un milagro y hacerle al señor calvo un sofisticado peinado? En definitiva, ¿la identidad proclamada por el sujeto ha de ser fuente de derecho? Si la respuesta es sí, estaríamos acabando de facto con el Derecho mismo, pues el pseudoderecho resultante dejaría de ser operativo.
           Hay ficciones sin las cuales el homo sapiens, creador de fábulas útiles, no puede vivir. Al menos como homo sapiens: Identidad, lenguaje y derecho son algunas de ellas.

domingo, marzo 05, 2017

SEXO, GÉNERO E IDEOLOGÍA


 La ideología de género afirma que la sexualidad de la mayoría de la gente no ha sido libremente elegida. La sociedad nos asigna nuestra sexualidad cruel y despóticamente cada día de nuestra existencia. Todo empieza con el desalmado pediatra que dice a la mamá embarazada que es un niño porque en la ecografía ve un pene. El sexo es una construcción social. De modo que debemos situarnos en un punto cero. Libres de influencias culturales. Incluso de influencias biológicas. Y desde ese punto cero, elegir nuestro objeto de deseo y nuestro modo de sentirnos. Sentirnos hombres con o sin penes y mujeres con o sin vulvas. Y elegir desear a una mujer, a un hombre, a un perro o a un gato. No solo es una opción, es nuestra identidad. Llamemos a estas opciones identitarias géneros.

Si desarrollamos este planteamiento son inevitables ciertas aporías y algunas perpeplejidades.

¿Elegimos lo que deseamos? Resulta que la sexualidad está marcada fundamentalmente por el deseo mismo. Y a poco que recapacitemos nos damos cuenta de que nunca elegimos el objeto de nuestro deseo. Si acaso, es el objeto el que nos elige a nosotros. No elegimos que nos gusten las lentejas o la paella. Solo podemos elegir si las comemos o no, que no es poca cosa por cierto. E igual ocurre con el sexo. No es una opción. No elegimos sentirnos atraídos por las mujeres, por los hombres, por los zapatos de tacón o por los uniformes masculinos. Por cierto, tampoco un hombre elige desear a otro hombre ni una mujer a otra mujer.

¿Somos lo que deseamos? Aun si nos ponemos filosóficos y admitimos que no sabemos muy bien quienes somos, sí sabemos que no somos lo que deseamos. Un mudo que desea ser cantante, no lo es. Un hombre que desea ser un perro, no es un perro. Un sargento que desea ser Napoleón, no es Napoleón.

Para liberarnos de las tiránicas imposiciones sociales la ideología de genero nos da la solución mágica. Hay que intervenir socialmente en colegios, en ayuntamientos, en la publicidad. De distintos modos y maneras. Primero enseñando amablemente, luego inculcando y, si es necesario, imponiendo. Todo sea para liberarnos del tiránico constructo social que nos esclaviza. Hay que obligar a la gente a ser libre. ¿Pero no estamos entonces como al principio? Resulta que nuestra identidad sexual dependerá entonces de otra construcción social: la que propone la propia ideología de género. Y es que si nos pasamos de listos volvemos a ser tontos. Porque si damos un giro de 360º estamos obviamente en el mismo sitio.

De modo que la antropología que la ideología de género nos propone resulta un galimatías. El ser humano autentico, el que debe elegir todo lo demás, es un ente puro, no contaminado por su biología ni por la sociedad. Una especie de punto imaginario en el espacio vacío que desea y desea a lo largo del tiempo. No sabemos qué es lo que le lleva a desear esto o aquello y, lo que es más curioso, ni siquiera sabemos quién es el que desea. Un extraño ente sin biología, sin lenguaje, sin historia, sin sociedad, sin identidad. En definitiva Nadie. Un nadie que desde la absoluta nada elige, pues, tener un género y por ende una identidad sexual.

Pero resulta que si admitimos esta conclusión, a pesar de las incongruencias que de ella se derivan, vamos a chocar inevitablemente con la otra cara de la ideología de género. Aquella que defiende la identidad femenina en virtud de la cual se practica una discriminación positiva. En este caso ser hombre o mujer no es algo elegido. Qué más quisiéramos. Los hombres nacemos hombres a nuestro pesar, y a nuestro pesar somos agresivos y maltratadores, y por eso debemos ser castigados por el Estado y la Ley más que las mujeres por idénticos hechos. ¿En qué quedamos entonces? 
Lo peor de la ideología de género no es que intente cambiar los usos y costumbres desde planteamientos estatalistas con veleidades totalitarias. Lo peor es que nos deja el cerebro hecho papilla si pretendemos entenderla o buscar un poco de coherencia lógica en sus proclamas.

sábado, enero 07, 2017

CONSTITUCIÓN, DERECHOS SOCIALES Y OTRAS COSAS


El llamado Estado social que ha mejorado la existencia de muchos seres humanos es algo asumido y celebrado por casi todos. Y se manifiesta como bien intencionados principios en prácticamente todas las constituciones modernas. Pero es pertinente resaltar que los llamados derechos sociales son esencialmente diferentes a los derechos civiles y políticos. Hasta tal punto que incluso podríamos cuestionar que si son derechos en sentido estrictamente jurídico los primeros quizá no deberíamos llamar derechos a los segundos. Los derechos civiles y políticos son fundamentales. Y no es esta un declaración retórica para resaltar su importancia. Son fundamentales porque fundan. Y lo que fundan es la Constitución que inaugura una nueva era política en Occidente centrada en la dignidad del ser humano y el respeto a sus libertades. Al ser previos a toda estructura política los revolucionarios franceses y americanos exigían su reconocimiento al Estado, no su creación. Así pues, los derechos fundamentales son una defensa ante los posibles excesos del Estado. Exceso constatado por las precedentes monarquías absolutas. Los derechos fundamentales pueden ser reclamados individualmente al Estado, y este, en justa correspondencia, resolver la demanda. ¿Ocurre lo mismo con los derechos sociales? Si la reclamación es individual ya no es social y si el Estado no puede resolver la demanda, tampoco en puridad es derecho. Esto es lo que sucede por ejemplo cuando un ciudadano desempleado exige que se cumpla su derecho a un trabajo y el Estado no lo resuelve adecuadamente. Quizá por esta razón Carl Schmitt señalaba que los derechos sociales pueden estar o no en la Constitución, pero no son Constitución.
Más allá de los servicios que el Estado ofrece para evitar una vida miserable y procurar mayores cuotas de bienestar social para todos, hoy el afán de constitucionalizar derechos que rebasan el ámbito de los derechos fundamentales e incluso de los básicos servicios sociales responde a la extendida estrategia de hacer política a través de un lenguaje jurídico. Y de hecho la mayor declaración política que se puede hacer en la actualidad es trasformar cualquier proclama ideológica en derecho. La declaración es apoteósica si exigimos incluir este derecho en la Constitución. Proclamar que hay un mundo mejor al que podemos aspirar, un mundo de amistad, solidaridad y amor suena demasiado poético y poco movilizador. Pero si gritamos en un mitin que tenemos derecho a la amistad, a la solidaridad y al amor, el mensaje se torna más rotundo. No digamos si exigimos que tales derechos se incluyan en la Carta Magna, único objeto cuasi sagrado en la secularizada sociedad moderna. Casi todos admitimos hoy que el Estado debe ofrecernos algunos servicios: infraestructuras, ayuda a los necesitados, educación y sanidad dignas para todos, por ejemplo. Y asumimos que para este fin el Estado merme nuestra hacienda. Pero también deberíamos ser conscientes de que una vez admitida esta donación del Estado, el Estado puede intentar donarnos maternal y generosamente otras muchas cosas quizá no tan claramente beneficiosas. Seguro que siempre lo hará retóricamente por nuestro bien, aunque no siempre con nuestro permiso. Y estas otras cosas aparecerán siempre en el lenguaje político como derechos sociales. Y aquí es donde los derechos fundamentales se revelan como esencialmente diferentes. Los primeros son nuestros instrumentos para defendernos de los excesos del Estado. Los segundos, exclusivos derechos del Estado que buscan justificar sus excesos.
       ¿Cuáles son esas otras cosas? En realidad todos los derechos que no son los políticos y civiles se introducen en la legislación por la puerta de los llamados derechos sociales, tanto si son servicios sociales como si no lo son. Incluido el ecologismo mal entendido. Que admitamos que es un derecho social el disfrutar de parques y bosques no debería implicar que una planta tenga derechos, obviamente. No es hipérbole. A este respecto Dave Foreman, cofundador de Earth First!, llegó a decir: "La Tierra tiene cáncer, y ese cáncer es el hombre".Mutatis mutandis con los movimientos animalistas extremos. Se pasará, sin solución de continuidad, de asumir que no debemos maltratar a los animales a considerar asesino al conductor que atropella una ardilla que se cruza inesperadamente en la calzada. Derechos vegetales y animales, ¿por qué no constitucionalizarlos? Por este camino tendremos un libro al que llamaremos constitución que en el mejor de los casos describirá una bonita utopía. En el peor, un pesadillesco galimatías atiborrado de proclamas ideológicas oscuro y tenebroso como la niebla. Complejidad y laberinto que solo puede beneficiar a los tiranos dispuestos a hacer ley de su voluntad. En cualquier caso, no tendríamos Constitución alguna. Nuestro utópico o laberíntico libro daría paso así a un Estado omnímodo con licencia para intervenir en todos nuestros asuntos con el bien social, ambiental o ecológico como excusa. Es decir, un Estado metomentodo empeñado en crear al hombre nuevo con sofisticadas técnicas de ingeniería social: ¿la forma amable de un estado totalitario? Probablemente. Jouvenel apuntaba a un Estado Minotauro, poderosa máquina de legislar que se cuela en todos los rincones de la sociedad. Pensado para la seguridad, se convierte así en la causa de la intranquilidad y, como el Minotauro mítico, exige vorazmente constantes sacrificios. Sacrificio de vidas humanas en la guerra y de libertades en la paz. Totalitarismo en nombre del bien, de lo políticamente correcto y de la opinión de moda. Este es el camino emprendido por la llamada ideología de género asumida cada vez más por el Estado, por poner un ejemplo lo suficientemente esclarecedor. En virtud de esta ideología el deseo subjetivo se convierte en fuente de derecho, pues el deseo de ser hombre o mujer prevalece sobre cualquier otro criterio de demarcación dado por la ciencia, la costumbre, la tradición o la mera evidencia empírica. ¿Tengo derecho a ser reconocido y tratado por la administración como Napoleón porque me siento Napoleón? En otros tiempos esto se llamaba locura, hoy es la normalidad. Asimismo la presunción de inocencia de todo ciudadano ante la ley, pilar básico de todo Estado de Derecho, se vulnera en el caso de un varón en relación con su pareja femenina. Y el hombre tendrá la penosa tarea de demostrar su inocencia ante la acusación de la mujer que se considere maltratada. Aunque quien tendrá que demostrar su inocencia será en realidad su abogado, pues el hombre, esté o no fundada la acusación, dormirá una o dos noches en el calabozo hasta que se resuelva la cuestión. Aunque tales leyes no hayan llegado a la Constitución, sorprendentemente operan de facto en la sociedad a pesar de su explícita inconstitucionalidad y, tal como están las cosas, no es disparatado que se incluyan en una futura reforma constitucional, siquiera para evitar esta incoherencia.  Su puerta de estrada será sin duda los derechos sociales. Aun siendo grave el predominio de la ideología de género, lo es más el precedente legal de retornar al derecho penal de autor. Esto es, juzgar por lo que somos y no por lo que hacemos. Si la estadística, en muchas ocasiones sesgada y amplificada por los medios de comunicación, asigna mecánicamente culpabilidad a colectivos sociales, ¿en un futuro no muy lejano tendrá un gitano que demostrar su inocencia ante la acusación de un robo cualquiera?, ¿tendrá que demostrar que no es culpable un colombiano acusado de tráfico de drogas? Atendiendo a los datos de criminalidad en Nueva York, ¿deberán demostrar los negros que no son asesinos? Aviso para navegantes: una Constitución que menosprecie la libertad, la presunción de inocencia y el control del poder estatal (aunque sea con las mejores intenciones), no es Constitución.