martes, noviembre 12, 2013

TOLERANCIA

A menudo escuchamos a nuestros políticos decir que “hay que ser tolerantes” o que “la tolerancia es una virtud democrática”. También es común que el político de turno proclame que hay que aplicar “tolerancia cero” a la violencia doméstica o a la apología del terrorismo, evitando así la palabra intolerancia por miedo a ser tachado de antidemocrático o autoritario. Es obvio que la palabra tolerancia, como tantas otras propias del lenguaje político, ha perdido su significado original y ha pasado a convertirse en un mantra que tiende a hipnotizar tanto al que la dice como al que la escucha. Es pertinente pues intentar aclarar un poco su significado originario.


La tolerancia necesariamente implica el pade­cimiento de lo tolerado por parte del sujeto que de hecho lo tolera. Y, por tanto, la admisión implícita de que lo tolerado es malo, aunque si de hecho lo hemos tolerado es mejor tolerarlo que no hacerlo. Es decir, lo tolerado es un mal menor o relativo. Análogamente a lo que ocurre con la enfermedad y el remedio cuando se admite que es peor el reme­dio que la enfermedad. Es decir, quien admite la enfermedad, según el dicho, no lo hace porque sea buena, sino porque en comparación con el remedio propuesto le parece mejor. De modo que decide que es preferible padecer la enfermedad a sufrir el remedio. O sea, es mejor soportar la acción que toleramos que evitarla o tratar de evitarla al no tole­rarla. En este sentido tolerancia está directamente relacionado con el término latino tolerare, en cuanto apunta a un padecimiento o un soportar algo que no es agradable, que quisiéramos no tener que sopor­tar. El dueño de un local de actuaciones musicales que explícitamente prohíbe fumar quizá tolere que fume allí la estrella del pop que está ultimando un contrato para cantar en su local. Pues no tolerarlo podría incomodar al artista y poner en peligro el contrato que le aporta un claro beneficio. De modo que tendrá que soportar el humo de su cigarro.
            De la consideración anterior se deduce tam­bién que la tolerancia implica también una cierta intención de provisionalidad y excepcionalidad, pues si llegamos a convencernos de que siempre es mejor tolerar, es porque consideramos que la acción en sí es buena y por tanto no tendría sentido mantener el precepto. Es decir, si el empre­sario anterior llega a la conclusión de que es bueno fumar o al menos no es malo (para la salud o para su negocio, o para las dos cosas), consecuente­mente debería dejar de prohibir fumar.
            La tolerancia no es indiferencia. A quien le es indiferente que se cumpla un precepto considera que es igualmente bueno o igualmente malo que se cumpla o no, pero el que tolera el incumplimiento de un precepto considera que es mejor que, en ese caso concreto, el precepto no se cumpla.
            La tolerancia no es tampoco un mero dar per­miso. Dar permiso para dejar de cumplir un mandato implica que alguien explícitamente lo pide. Pedir permiso implica un fijar la mirada en lo que se ha de permitir o no; y si de hecho se concede, se superpone un nuevo precepto sobre el antiguo. Pero la tolerancia significa lo contrario, un mirar hacia otro lado o hacer la vista gorda, y desde luego no superponer ningún precepto nuevo sobre el que a todas luces ha de considerarse válido. No es incongruente entonces que el jefe tolere a sus trabajadores llegar cinco minutos tarde, y que sin embargo no les dé permiso para hacerlo si se lo piden. No obs­tante, dar permiso y tolerar coinciden en algo, en el ca­rácter provisional y excepcional de lo tolerado o permitido
            Finalmente, diremos que la tolerancia no es virtud. Siguiendo a Aristóteles, la virtud es una ac­ción buena o conveniente que además es un hábito. Es decir, la virtud es una buena costumbre. Por ejemplo, la generosidad es una virtud en la medida que consideramos que siempre es mejor ser gene­roso en relación con nuestros bienes materiales y espirituales que no serlo, y en la medida que efecti­vamente acostumbramos a comportarnos con gene­rosidad. Pero no siempre es mejor ser tolerante que no serlo. Tolerar el incumplimiento de un precepto a veces puede ser bueno y otras malo. Pero aun en el caso de que sea bueno, esto no implica que sea bueno entonces ser tolerante siempre y con todos los pre­ceptos y convertir así la tolerancia gene­ralizada en una costumbre. Más bien esto sería nefasto para el que tolera. Un Estado que tomase la tolerancia como una virtud, por ejemplo; y en con­secuencia tolerase el incumplimiento de sus leyes de una forma continuada, es decir, asumiendo esa costumbre, estaría firmando su acta de defun­ción. Por las mismas razones la tolerancia tampoco puede ser un vicio moral, pues no siempre es malo tolerar. No obstante, aquel que es tolerante cuando tiene que serlo y no lo es cuando no tiene que serlo, encontrando siempre la ocasión adecuada, tiene evidentemente una virtud, que es la prudencia. Así pues, la tolerancia bien administrada, aun no siendo una virtud, deriva sin embargo de una virtud.
        En fin, en mi humilde opinión no deberíamos tolerar que se diga tolerancia cuando quizá se quiere decir respeto. Yo me enfadaría mucho si alguien dijese que me tolera, y no se lo toleraría de ningún modo. Pero obviamente no me enfado  en absoluto cuando alguien me respeta.

1 comentario:

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