lunes, junio 19, 2006

TIEMPO DE ESPERANZA (o de la tregua de ETA)


Quien torna la prudencia en astucia y tiene el poder de afectar a muchos con sus amenazas y promesas, tiene el verdadero poder. Modulando adecuadamente el miedo y la esperanza podrá conseguir sus fines. Ningún poder tendría de hecho aquel gobernante que obligado a ser prudente delegara de ello, por debilidad o ignorancia. Y pudiendo contrarrestar la amenaza y el miedo con seguridad, y la promesa y la esperanza con sensatez, no lo hiciera. Los primeros juegan con emociones. El segundo debería jugar con la razón. Que es tanto como decir que, en este juego, las reglas son el Estado de Derecho.
Miedo y esperanza no son virtudes. Nada bueno evocan ni significan. Tampoco vicios. Les falta la constancia. Son pasiones, envueltas siempre en la neblina de la duda. Caras de la misma moneda, tan inseparables como el dolor de cabeza y la aspirina. Policía malo y policía bueno que se manejan bien en los suburbios del alma donde apenas llega la luz de la razón. La dosificación del doble instrumento dependerá de la astucia de quien lo utiliza. Tras la amenaza, el miedo surge ante un fantaseado mal, posible pero no real. Tras la promesa, la esperanza brota de un vislumbrado bien proyectado en el futuro. Imaginación pues. Ni razón ni entendimiento. Si la esperanza es, como quizá dijo Aristóteles, ese soñar despierto, lo mismo el miedo. Plácido el primero e insufrible pesadilla el segundo. Tanto da. Onírica ficción al fin donde debería haber vigilia. Disparatada fantasía que anula toda lucidez racional. Ensueño. Y epidemia, pues coinciden con el bostezo en su carácter contagioso al que muy pocos se resisten. Suministrada la dosis es pues sólo una cuestión de tiempo el que miedo o esperanza se propaguen. Y cuando afectan a una sociedad en mimético bostezo colectivo, es el momento de que los astutos cirujanos intervengan. Suministrada la anestesia es la hora de la operación.
El miedo es más efectivo en sociedades de esclavos. En sociedades de hombres libres suele funcionar mejor la esperanza. Eso nos dice Spinoza. Aumentar la dosis de miedo en el esclavo que perdió ya su dignidad sólo puede acentuar su obediencia. Sin embargo, en una sociedad de hombres libres el miedo requiere dosificación. Más de lo apropiado podría despertar al sonámbulo, hacerle consciente de su dignidad y tornarlo súbitamente en valiente. Llegado a cierto límite, es preferible la esperanza.
Durante muchos años la sociedad española vivió con miedo. Se rozó el límite con el asesinato del joven concejal Miguel Ángel Blanco. Los ciudadanos recuperaron su dignidad y valientemente salieron a la calle a proclamarlo. ETA temió haber rebasado la dosis y haber despertado al durmiente. Los atentados del 11 de marzo nos hicieron a todos insomnes impenitentes. Si se hubiese confirmado que era ETA, hubiese sido el final de la banda terrorista. Ellos lo saben.
Tras el comunicado etarra es el turno de la esperanza. Suministrada en adecuada dosis, los cirujanos continúan con la operación. La misma operación. Alto el fuego permanente, dicen. Los ojos anhelantes aumentan desproporcionadamente la palabra ‘permanente’. Sin querer caer en la cuenta de que, en la elemental semántica de guerra, el alto el fuego es siempre ocasional. Tiempo muerto para recuperar fuerzas o atender a los heridos. Contradicción en los términos imposible de evidenciar para quien se empeña en escuchar música donde hay significantes, palabras que denotan conceptos. Hay más. Se equipara País Vasco y Euskal Herria. Lo primero es el nombre de una comunidad autónoma, lo segundo un país míticamente reconstruido en la mente de los terroristas. Territorialmente no coinciden. Navarra e Iparralde, el llamado País Vasco francés, son también Euskal Herria. Reconocer “los derechos que como pueblo nos corresponden” no puede significar otra cosa que reconocer que el pueblo vasco es nación y, por ende, tiene derecho de autodeterminación. Reconocido este derecho, deberá ser ejercido, pues “al final de ese proceso los ciudadanos vascos deben tener la palabra y la decisión sobre su futuro”. Y si pudiese haber alguna duda, recalcan: “Los Estados español y francés deben reconocer los resultados de dicho proceso democrático, sin ningún tipo de limitaciones”. Donde proceso democrático, si ha de significar algo, ha de ser referéndum, claro. ¿Qué debe hacer el Estado de Derecho mientras? Dejar “a un lado la represión”. Es decir, dejar de ejercer justicia. ¿A qué viene tanto eufemismo? La esperanza necesita palabras espejo donde proyectar sus propios deseos. ETA lo sabe. Y entre tanto bostezo nadie está en disposición de escuchar lo obvio. Nación vasca y autodeterminación es tanto como romper la Constitución y acabar con la soberanía de la nación española. Sólo eso.
Pocos saben si ETA está agonizante o pletórica. Si tiene repóquer de ases o va de farol. Sabemos lo que dice. No sabemos aún lo que está dispuesto a conceder el gobierno de España. Lo ocurrido hasta ahora en relación con Cataluña no es tranquilizador. Y en nada ayuda la esperanza.
Jesús Palomar Vozmediano