sábado, mayo 12, 2018

HACIA LA UTOPÍA LIBERTICIDA A TRAVÉS DE LA INCOHERENCIA

Para Aristóteles el hombre es un zōon politikon: un animal social que vive en una comunidad regida por leyes que surgen de las palabras. Con las palabras dialogamos con nosotros mismos sobre lo que está bien o mal. Y también razonamos conjuntamente sobre lo que es justo y conveniente para la Ciudad. Aristóteles insiste en la diferencia: si bien los animales tiene voz, no tienen palabra. La voz comunica emociones, estados de ánimo o deseos; pero es incapaz de expresar la justicia o ser expresión de libertad. Por eso un hombre con voz, pero sin palabra; perdería su capacidad de juzgar y se alejaría de su propia humanidad.
En la antigua Atenas, Sócrates ponía en evidencia las contradicciones de sus adversarios dialécticos porque sabía las inevitables consecuencias: asumir una incoherencia es el primer paso para asumir las demás; y cuando la incoherencia se convierte en moda, la capacidad crítica cesa y la palabra desfallece. En griego el término barbaros significa balbuceante, alguien que emite sonidos incomprensibles. Sin palabras para conversar en el ágora y pensar con los otros sobre lo bueno y lo justo no habría ya ciudadanos, sino bárbaros: seres dotados de voz, pero sin juicio y sin logos.  

Hoy las voces apenas dejan oír las palabras, Sócrates está muerto y el pensamiento no goza de buena salud. El principio de no contradicción es abucheado mientras la incoherencia es aplaudida: estrellas de cine la reivindican, profesores universitarios la enseñan y un ejercito de opinadores mediáticos la repiten machaconamente en prensa, radio y televisión. Es obvio que va ganando, pero reconozcamos que juega con ventaja: partidos políticos y sindicatos la apadrinan. Durante mucho tiempo fue patrimonio del tonto del pueblo y era tolerada por la mayoría con compasiva condescendencia. Pero hoy está normalizada porque es ya de casi todos: oración matutina y pan nuestro de cada día.

Los hombres del siglo V no sabían que estaban viviendo el fin del Imperio romano. Tampoco yo sé gran cosa. En cualquier caso, por lo que pudiese ocurrir con lo que hemos dado en llamar Civilización occidental, me dispongo a dar testimonio. Como el rubio replicante de Blade Runner, extraordinaria película de  Ridley Scott, he visto cosas que vosotros no creeríais: he visto a marxistas internacionalistas y solidarios justificar la secesión de una de las regiones más ricas de España; a feministas que en nombre de la igualdad real entre los sexos defienden la real desigualdad legal entre hombres y mujeres; a amantes de los animales llamar asesino a un torero y tratar con exquisito respeto al imán que degüella un cordero en plena calle; a políticos catalanes que en aras de la civilización prohíben la tauromaquia y defienden el correbous; a ateos muy anticristianos amistosamente complacientes con el Islam.
He visto  a miembras y portavozas hablar con periodistas masculinos que sin embargo no eran periodistos, y a hombres con vulva defensores de la libertad de expresión que no toleran que alguien diga que los niños tienen pene. Y todas estas cosas no se perderán conmigo como lágrimas en la lluvia, porque son la misma lluvia que nos cala hasta los huesos. Mañana las seguiremos viendo y oyendo en entrevistas televisivas, en declaraciones publicas, en la peluquería del barrio y en el bar de la esquina. Nadie sabe hasta cuando. Luego vendrá una oscura Edad Media saturada de emoticonos… o quizá un luminoso Renacimiento. ¿Quién sabe? Todavía la decisión depende en algún grado de nosotros.
Para llevar razón hacen falta dos cosas: ser coherente y llevar razón. Quienes cabalgan contradicciones, abanderan la incoherencia y se placen en propagarla por la ciudad no llevan razón; pero tampoco la buscan. Les basta la fe en un nuevo hombre y en un nuevo mundo: la nueva vieja utopía de siempre. Los postmodernos profetas que la anuncian se inspiran en Gramsci, paradójico marxista que pensaba que la ideología podía modificar las relaciones de producción; pero siguen a pies juntillas las once reglas básicas de la propaganda de Goebbels.
Sentar en la misma mesa a Marx, Gramsci y Goebbels tiene algo de irónico y, en cierto modo, es una incongruencia; pero si el fin es la utopía todo está permitido y las incongruencias son especialmente bienvenidas. El plan es conocido: ahogar la palabra en un mar de contradicciones es lo primero ―en eso estamos ahora―. Identificar y neutralizar a los malos, lo segundo. Después, basta con que gobiernen los buenos para que florezca el cielo en la Tierra. El Estado es Dios, el mundo es simple y la solución fácil. Habrá paz, amor, sonrisas, flores, multitud de velitas encendidas y osos de peluche para todos.
Pero si vence la utopía habrá sido a costa de la palabra y, entonces, todo estará perdido. Porque, aunque abunden los osos de peluche, sin la palabra no hay libertad y tampoco podría haber justicia; y el aristotélico zōon politikon, expulsado del ágora y acomodado ya en su nuevo paraíso, se habrá convertido en un animal de rebaño.

Publicado el 12 de marzo de 2018 en Disidentia

domingo, mayo 06, 2018

EL ENEMIGO SE CONSTRUYE A TRAVÉS DEL LENGUAJE

Para Aristóteles la polis es una comunidad de amigos que debaten libremente en el ágora sobre cuestiones que incumben a todos. Una de las mayores representantes de la tradición que inaugura Aristóteles es la politóloga Hannah Arendt: allí donde no hay libertad de pensamiento ni de expresión, no hay política.
La libertad en Arendt sirve de fundamento a concepciones políticas parlamentarias o republicanas, pero Carl Schmitt es el referente de una tradición distinta que a veces desemboca en formas totalitarias. Para Schmitt lo político se define por la dualidad amigo-enemigo. No es una deliberación libre y amistosa, sino confrontación entre grupos antagónicos donde el acuerdo es sustituido por el poder y la decisión.
El enfrentamiento entre amigo y enemigo, y la consiguiente consagración del enemigo como categoría política, tuvo siempre una buena acogida entre los partidarios de Marx, a pesar de las veleidades que el propio Schmitt tuvo con el nazismo. En cualquier caso, es evidente que la lucha de clases encajaba bien en el esquema del jurista alemán. Sin embargo, con el auge de las clases medias y la caída del Muro de Berlín, las grandes batallas protagonizadas por la clase obrera comenzaron a parecer algo del pasado. Todo hacía pensar que el enemigo estaba abocado a morir en el próspero Estado del bienestar, pero logró sobrevivir. Fue Ernesto Laclau, cuyas ideas están hoy omnipresentes en los populismos de izquierdas de Hispanoamérica y España, quien más empeño puso en rehabilitarlo, señalarlo y reconstruirlo. En una de sus obras más conocidas, La razón populista, nos dio las instrucciones para ello.
Para Laclau el enemigo se construye a la par que se fomentan identidades real o imaginariamente agraviadas. Los grupos agraviados pueden ser incongruentes entre sí, pero eso importa poco: tal diversidad habrá de acomodarse en una totalidad a la que se denominará pueblo; y bajo el significante pueblo, todos los gatos son pardos. De modo que el pueblo no es una realidad dada; y no son, desde luego, los trabajadores o los proletarios del siglo XIX. Se articula desde el discurso ideológico incluyendo en él a grupos muy heterogéneos. La parte de la sociedad que se queda fuera del pueblo es el enemigo a batir. Vencido éste, será el momento de apropiarse del Estado: el cielo anhelado del poder que algunos quieren tomar por asalto.
El procedimiento para crear grupos agraviados es relativamente sencillo y tiene mucho que ver con el lenguaje, pero antes debemos asumir con Laclau que las palabras carecen de significado y el sentido común no existe. De modo que debemos prescindir de la semántica, aunque esto dificulte la comunicación. La cosa no va de comunicación ni de entendimiento mutuo, sino de hegemonía y poder. Para Laclau la verdadera política no se hace en el parlamento, sino en el campo de batalla—la calle y los medios de comunicación, fundamentalmente—; y no se busca persuadir, sino vencer. Por eso la erística sustituye a la dialéctica, y construir un relato resulta más importante que armar una buena argumentación.
Más allá de lo que diga el diccionario, todo significante está impregnado por connotaciones imaginarias y emocionales. Esto es lo que verdaderamente importa a la hora de transformar las palabras en armas de guerra. Imágenes y emociones hábilmente manipuladas se convertirán en el nuevo significado. A veces el significado puede incluir incoherencias manifiestas, pero esto no tiene por qué impedir que las palabras se usen con prodigalidad. No hacemos un análisis gramatical cada vez que pronunciamos una frase; y la mayoría de las pequeñas conversaciones que tenemos al cabo del día, en la familia o en el trabajo, están llenas de lugares comunes donde prima la socialización y la empatía: la coherencia lógica queda en un segundo plano cuando los sentimientos predominan.
En principio los nuevos significados muestran cierta resistencia a ser admitidos por la comunidad de hablantes. Y las palabras que los designan —en la jerga de Laclau, significantes flotantes o vacíos— están en una especie de tierra de nadie que ha de ser conquistada por el pueblo. En consecuencia, la política se convierte en una guerra por los vocablos y sus usos preferentes.
Hay muchas formas de promover la batalla:
Podemos tomar un significante con cierto prestigio y retorcer su semántica. Así se ha hecho con la palabra feminismo. Desde las primeras sufragistas su significado estuvo ligado a la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres; pero ahora se asocia cada vez más a los que justifican la ley que discrimina positivamente a la mujer y que, en caso de litigio, convierte en presunto culpable al varón. La palabra feminismo resulta entonces un término ambiguo muy oportuno para crear discordia y designar un nuevo grupo enemigo: aquellos que salvaguardan la igualdad legal sin excepciones identitarias. Quienes se atreven a expresar esta opinión en público, son señalados por el grupo agraviado como retrógrados machistas o malévolos defensores del heteropatriarcado. Consecuentemente, dejan de pertenecer al pueblo. Son numerosas las palabras que sufren similares retorcimientos en la batalla lingüística cotidiana, pero hay especialmente dos de las que nadie quiere prescindir: democracia y libertad. Casi todos las defienden, pero casi nadie piensa lo mismo cuando las nombra.
Otra manera de crear grupos agraviados es recurrir a datos estadísticos, la mayoría de las veces sesgados tendenciosamente. Supongamos que los ciudadanos pelirrojos son el colectivo que más infracciones de tráfico acumula. Si proliferan asociaciones que en nombre de los pelirrojos no paran de denunciar a sus malvados perseguidores, si tales asociaciones disfrutan de amplia cobertura mediática, si se pone en circulación una expresión suficientemente atractiva para designar el odio a los pelirrojos; entonces es muy probable que mucha gente empiece a pensar que algunos ciudadanos son multados por el hecho de ser pelirrojos. La lógica de esta cadena de acontecimientos es disparatada, pero no podemos negar su eficacia. Hace algunos años nadie habría afirmado que siempre que un hombre agrede física o verbalmente a una mujer, lo hace por el hecho de ser mujer. Sin embargo, en la actualidad quien se atreve a poner en cuestión este reiterado mantra es condenado a la hoguera de la plaza pública por una horda de nuevos inquisidores.
En Alicia a través del espejo Lewis Carroll nos recuerda lo que es obvio en todo sistema totalitario; que no importa lo que signifiquen las palabras, sino quién es el que manda. Laclau, siguiendo la estela de Gramsci y su hegemonía cultural, invierte la ecuación: quien domina las palabras acaba por mandar. En cualquier caso, la relación entre poder y lenguaje es una evidencia histórica que no necesita descubridores. La antigua sofistica griega y la propaganda estalinista y nazi bastan para constatarla. Orwell lo ilustró literariamente en 1984 y Victor Klemperer, brillante filólogo perseguido por los nazis, lo hizo con más detalle y rigor en su magnífico libro La lengua del tercer Reich.
No se me ocurren estrategias mágicas para contrarrestar el deterioro del lenguaje y del pensamiento que lleva a cabo el populismo. Pero la opción de Sísifo me parece tan buena como cualquier otra: ante la voluntad de vaciar las palabras de significado, la voluntad clara de volver a llenarlas; ante el exceso de propaganda, exceso de razonamiento. A pesar de Laclau, el pueblo somos todos y el principio de no contradicción no es un invento del capitalismo.
Es un hecho que la perversión del lenguaje ha contribuido a la creación de muchos grupos agraviados que no cesan de señalar al enemigo. Y si esta perversión continúa, probablemente aparecerán más. Quizá en un futuro no muy lejano serán los antitaurinos frente a los aficionados a los toros, o los vegetarianos frente a los que comen carne, o los que nunca leen artículos como éste frente a quienes los leen e incluso los escriben. En fin, todos podemos formar parte del grupo enemigo, aunque seamos muy amistosos; porque ser enemigo depende del que te designa como tal, no del que recibe el calificativo. Así que tengan ustedes cuidado, no digan luego que no les he avisado.
Jesús Palomar. Publicado en Disidentia el 28 de enero de 2018

viernes, abril 13, 2018

POLÍTICOS COMO CHAMANES


Existen en el lenguaje político ciertos términos desgastados que ya no son monedas fiables. Tanto uso y manoseo han acabado por borrar el relieve de sus superficies, que era lo único que les daba valor. Ahora son simples trozos de metal. Y, sin embargo, siguen circulando en el mercado político como si fuesen de curso legal. Con ellas se compran odios y amores, vituperios y fatuas exaltaciones que vienen finalmente a canjearse en votos: blanqueo definitivo del dinero sucio.


Qué importa que las monedas sean falsas si, a su manera, siguen funcionando. El chamán más ignorante sabe que la carencia de significado de una palabra se compensa con creces si adquiere a cambio un poder hipnótico. Y pocos políticos se resisten a utilizar este poder. Son políticos chamanes. Los he visto; todos los hemos visto. Arengando a la multitud con sus gestos mientras pronuncian la palabra mágica. El eslogan y el ripio sustituyen a la argumentación; la expresión rimbombante al término preciso que pretende atrapar la realidad. En nombre de la nación alemana, Hitler exterminó a los judíos. Y por el bien de la humanidad e invocando la justicia universal Stalin mató de hambre a millones de compatriotas. El abuso de las palabras por los brujos de la tribu acaba casi siempre por asesinar, primero a la semántica y luego a las personas. Sin semántica, las palabras son solo recipientes de profundas emociones, sonidos mágicos que me dicen si soy de los buenos o de los malos, marcas en el territorio que indican donde está el enemigo. Imponer ciertos usos lingüísticos y estigmatizar otros es la tarea de los nuevos chamanes. Pervertir el significado de los términos, avivar las pasiones y fomentar la estulticia son las inevitables consecuencias.
 
En el caso español, me pregunto qué tipo de hechizo esconden hoy en Cataluña expresiones como facha, franquista o fascista, una y mil veces invocadas, lanzadas al adversario como maldiciones de la misma calaña que el mal de ojo y el rabo de lagartija. El manido “España nos roba” o la fantasía proclamada por Marta Rovira: “violencia extrema y muertos en las calles”, son solo dos de las múltiples proclamas con las que suelen acabar sus conjuros. Palabras gastadas y frases hechas que anulan la inteligencia y adquieren una renovada importancia por lo que invocan y sugieren, por lo que pretenden resaltar y por lo que quieren ocultar. Se construye así un idioma solo para iniciados< La mayoría de los secesionistas nunca dirán Cataluña y el resto de España, dirán Cataluña y el Estado. Dialogar es negociar el modo y los plazos para alcanzar la independencia. Derecho a decidir es tan solo la fórmula acordada para subrayar que Cataluña es una nación soberana y España un Estado sin nación. Por más que el articulo 155 de la Constitución esté, obviamente, en la Constitución; para los independentistas es anticonstitucional.

Los independentistas encarcelados por una acción ilícita son presos políticos; y si huyen, exiliados. Pero si no son secesionistas son, respectivamente, políticos presos o prófugos. Llamarán policía nacional a la policía autonómica, y a la verdadera policía nacional la llamarán siempre policía española. Dirán que el Estado español es represor; pero evitarán explicar que lo es en la misma medida que hace cumplir la ley y, que en este sentido, todo Estado es represor —incluso un futuro Estado catalán—. La normalización lingüística consiste en benévolas medidas de protección a la lengua catalana, pero nunca confesarán que conlleva prohibir a los comerciantes rotular en español y a los profesores enseñar en español a los alumnos.

Pero el chamanismo político que padecemos no se agota en el delirio nacionalista. Una tribu hermana viene a sumársele: la autodenominada Nueva Izquierda que brota de pensadores como Althusser y Gramsci. Sus seguidores, más torpes y zafios que sus maestros, convierten el lenguaje en un campo de batalla en el que se conquistan palabras como si fuesen colinas estratégicas. El nuevo vocabulario acaba por ser asimilado por todos los partidos y los medios de comunicación. Ser feminista ya no es defender la igualdad entre hombre y mujer sino abanderar la discriminación positiva que discrimina negativamente al varón. El género no es una categoría gramatical que se expresa en la dualidad masculino y femenino. Tampoco se corresponde con el básico niño o niña que nos comunica el tocólogo tras escrutar la esperada ecografía de nuestro hijo. Es una identidad elegida entre más de cien posibilidades —según un tal Vitit Muntarbhorn, supuesto experto y Defensor Global LGBT de Naciones Unidas, hay exactamente ciento doce—. Un hombre puede elegir ser mujer, incluso mujer lesbiana, y el Estado ha de reconocer su derecho a serlo. Si tal derecho incluye la asignación de un ginecólogo en la Seguridad Social sigue siendo a día de hoy un enigma.


Plan utilizaba el vocablo simploke para señalar que las ideas suelen estar enredadas. De modo que para pensarlas hay primero que desenredarlas. En realidad pensar y desenredar son lo mismo. Y ambas cosas son complicadas hoy. Al abrir un periódico o encender la televisión uno se da cuenta de que hay demasiados enemigos de Platón: no solo se complacen en la simploke de las ideas, sino que parecen tener una clara voluntad en aumentar el enredo. 


Ante este estado de cosas, y a poco que se respeten las palabras y los significados que quieren ser pensados a través de ellas, solo cabe ser una cosa: disidente. Siquiera como defensa propia ante un mundo invadido por emoticonos, conjuros y consignas tribales.



Artículo publicado el 15 de enero de 2018 en Disidentia

lunes, diciembre 11, 2017

LA VÍCTIMA EN EL ALTAR


Si es policía, debe usted defendernos de un terrorista mostrando exquisitos modales. Es muy feo sacar la pistola, y le hace sospechoso de ser de los malos. Si da usted un azote en el culo a su hijo, es un criminal. Y si su hijo tiene la astucia suficiente, y la tendrá porque ya se ocupan en el colegio de ello, le denunciará. Y a poco que el niño ponga cara de niño. O sea, de pobre víctima maltratada por el malvado adulto que es usted, tendrá muchos problemas: quizá peligre la patria potestad. Si su mujer pone cara de pena en la comisaría y declara que le dio una bofetada o le insultó con alguna palabra gruesa, échese a temblar. No insista en que aquello es mentira, no insista en que no sucedió. La prueba definitiva es el llanto inconsolable de su propia mujer. ¡Le parece poco! La imagen del rostro entristecido de su esposa pululando por las redes sociales y por la televisión es la nueva verdad. Todo el que tenga ojos lo verá. Para atender a las palabras hay al menos que saber leer. Para pensar, hay que saber razonar un poco. Pero las imágenes hablan a todos por sí mismas con abrumadora objetividad. El lenguaje verbal está finiquitado y la razón ha caducado. El rostro lloroso del inocente es capaz de refutar cualquier tesis doctoral.
Occidente se forjó en gran medida gracias a la víctima. Si se piensa usted ateo o anticristiano, pero siempre está usted con la víctima, es cristiano por occidental; a su pesar. Los pobres toros, las pobres focas, las pobres mujeres, los pobres niños, los pobres refugiados, los pobres homosexuales, los pobres hombres que quieren ser mujeres, las pobres mujeres que quieren ser hombres, los pobres que se sienten una cosa y son otra, los pobres que quieren votar y no les dejan. Pero si se queda solo en eso será usted,  además, un cristiano bobalicón o desnortado que no sabe que lo es. Y de repente se encontrará diciendo cosas como que los que comen carne son cómplices de los asesinos de animales o que un policía siempre es más malvado que quien no lo es. Porque, como decía Chesterton, lo propio de los nuevos tiempos es que andan pululando por ahí muchas ideas cristianas, pero incontroladas y enloquecidas. Pero eso no importa ya. ¿Qué quería decir Chesterton en el fondo? ¿Quién era? ¿Un escritor?¡Seguro que no era de fiar! A otra cosa pues. Las palabras solo importan a unos pocos. Algunos pocos que nos entretenemos en escribirlas –también leerlas- y a otros pocos que a veces las leen. Actividades banales, como contar estrellitas en una noche de verano. Pasatiempo de cuatro gatos sin ninguna trascendencia. Si Marx viviese en nuestra época aprendería a ser un excelente actor y un experto fotógrafo. Tantos libros escritos, y tan gordos, ¿para qué? Leer es ya cosa de otro tiempo. Pensar no se lleva. La frase de nuestro Marx moderno diría: “¡llorones del mundo, unios!”. Cabe en un twit. Tan solo estas palabras, acompañadas debidamente con la foto del barbudo Marx sumido en un llanto inconsolable, podrían cambiar el mundo.
Quizá estos planteamientos buenistas que cebamos desde hace décadas traigan malas consecuencias. Me temo que sí, que muy probablemente traerán consecuencias nefastas para todos. Porque el buenismo alimenta el odio como la gasolina al fuego y necesita siempre identificar a los malísimos, que obviamente siempre son los otros. Pero ya encontraremos malvados a los que echar la culpa. Vaya eligiendo al suyo. Rajoy es candidato, pero hay otros, hay muchos: un malvado a la medida para cada uno. Nuestro futuro dolor será soportable si podemos echarle las culpas a alguien. Los hombres no queremos paz, decía Unamuno, queremos paz en la guerra y guerra en la paz. Porque hay algo que duele más que el dolor: el aburrimiento. Y Occidente se aburre soberanamente. Igual que el niño consentido que todo lo tiene.
El ideal de los nuevos estados ya no es el padre, sino la madre, porque reprime siempre con más ternura. Queremos una ama y no un amo, queremos una Estada y no un Estado. Está mejor visto el pellizco de monja, que puede hacerse a la vez con una sonrisa pícara -a menudo siniestra-; que el bofetón del cura autoritario. Es preferible el agobio del consejo reiterado, el “es por tu bien” que nos susurran las truculentas imágenes en las cajetillas de tabaco, la represión sutil y psíquica, la policía del pensamiento. Preferimos todo ello al anticuado policía encargado de guardar el orden y la ley. Preferimos ser nuestros propios policías, con pantalones vaqueros, tatuajes y pendientes. Ciudadanos guays, libres y modernos que cuidan de que nadie piense de forma peligrosa, que nadie diga lo inconveniente, que nadie se atreva a sacar la bandera equivocada. Y, lo que es más importante, que se autocensure implacablemente para no incomodar a un enigmático otro siempre presente, pero que nadie acaba de ver.
En esta tensión soterrada, guerra silenciosa al fin, gana quien más pena da. Y como la pena es un inobservable, que dicen los psicólogos conductistas, es la conducta que a ella se asocia lo que vale: ojos húmedos, cejas arqueadas, llanto y lágrimas. Estas son las nuevas armas. La imagen lo es todo: prueba indiscutible y fundadora de derechos. Y, cómo no, fundadora de soberanía y de nuevos estados. Llore usted y ganará. A muchos independentistas catalanes les está yendo muy bien. El nuevo presidente de la República catalana será, sin duda, Oriol Junqueras: gordo, bizco, feo, desaliñado y siempre a punto de verter una lágrima. ¿Cómo no compadecerse de él? El icono moderno de la victima elevado al altar. Y al trono.
  Artículo publicado el 3 de octubre de 2017 en Periodista Digital

viernes, octubre 06, 2017

BUCLES SECESIONISTAS


Si tienen ustedes un amigo catalán que defiende hasta el agotamiento el llamado derecho a decidir se habrán percatado de que es muy difícil establecer un debate sin llegar al aburrimiento o a la desesperación. No repetiré aquí los discursos que los secesionistas quieren hacer pasar por argumentos. Pero como muestra, un botón basta. Cuando le pregunto a mi amigo Jordi que si en una Cataluña independiente Badalona tendría derecho a decidir, suele escurrir el bulto y apelar al misterioso hecho diferencial catalán, a lo insoportable que es el malvado Rajoy o a la ilusión que le genera la futura república catalana, categorías difusas y evasivas que son muy difíciles de encajar en un razonamiento con un mínimo de rigor intelectual. Lo que suele hacer nuestro amigo nacionalista es, en el fondo, dar sucesivas vueltas para reafirmar una y otra vez la idea incuestionable de la que parte: tenemos derecho a decidir.

¿Cómo explicar tan peculiar fenómeno? En muchas ocasiones el deseo y la emoción es lo que nos inclina a decir o hacer ciertas cosas. Pero una vez dicho o hecho necesitamos dar alguna consistencia a nuestro pensamiento y elaboramos un sistema ideológico más o menos resistente. Quizá la necesidad de sistema es, sin más, una necesidad de paliar el dolor. El absurdo nos duele. Y la mente es una máquina de crear sentido, en muchas ocasiones incluso donde quizá no lo hay. Pero no todo lo que construimos en nuestra cabeza para paliar ese dolor es impolutamente racional. De modo que, en muchas ocasiones, somos seres deseantes que nos creemos racionales mientras construimos castillos justificativos en el aire. A la elaboración meticulosa de este autoengaño Freud lo llamaba racionalizar, y lo diferenciaba claramente del mero razonar. A su manera, Nietzsche viene a decir lo mismo. Y en psicología social el fenómeno se conoce como disonancia cognitiva.

De modo que muchas veces nuestras decisiones y opiniones no son racionales y, acto seguido, intentamos ajustarlas a los hechos y a nuestro sistema de creencias para que parezcan que lo son. ¡Vamos, que nos hacemos trampa en el solitario! Una vez que Jordi quedó emocionalmente atrapado en la idea del derecho a decidir, toda su inteligencia y emoción trabaja para reafirmarla.

Estructuralmente no hay una diferencia esencial entre la actitud de Jordi y la del que tiene un delirio de celos. De modo que Jordi nos parece un poco paranoico. Del mismo modo que el celotípico no cuestiona la infidelidad de su cónyuge y va encajando los datos que le sobrevienen para confirmar su idea obsesiva, la idea de que Cataluña tiene derecho a ser independiente es algo incuestionable y, por consiguiente, todo lo demás ha de ajustarse a ella.

Ahora bien, Jordi tiene dos opciones: o cambiar su “idea obsesiva”, y con ella un sistema de creencias e ideas que le ha acompañado durante mucho tiempo, o ajustar al sistema ya construido los nuevos datos que la realidad va generando. El coste personal de la primera opción es mucho mayor para Jordi que el parcheo chapucero que supone la segunda. De modo que opta por la segunda. Una vez que estamos aferrados hipnóticamente a la idea de que Cataluña tiene derecho a decidir, ¿cómo encajarla con el hecho de que el Estado español no la reconoce? Fácil: el Estado español es totalitario, franquista y represor. He aquí el parche racionalizador. No importa que dicho parche condene a Francia, EE.UU o Alemania a ser también estados totalitarios y franquistas. Un nuevo bucle racionalizador interpretará debidamente esta nueva derivada.

Algo parecido ocurrió en el Renacimiento en relación con la nueva astronomía. A pesar de pruebas y razonamientos cada vez más sólidos, los clérigos escolásticos no podían admitir que el Sol era el centro del universo. De poco le sirvió a Galileo la amable invitación a que mirasen a través del telescopio para que se diesen cuenta de su error. El rechazo a las ideas copernicanas tenía la misma raíz psicológica que la opción de Jordi. En fin, volver a replantearse las cosas y construir una nueva casa, aunque llegue a ser mejor que la chabola donde vivimos y hemos vivido tantos años, nos suele dar mucha pereza. Entre otras cosas porque tendríamos que reconocer que hemos vivido y vivimos en una chabola. Así que apañamos la gotera y a seguir tirando: la Tierra es el centro del universo y la realidad que veo a través del telescopio son manchas engañosas que pertenecen a la lente del endemoniado aparato. Y vale ya.

La diferencia entre Copérnico, el delirante celotípico, mi amigo Jordi y cada uno de nosotros no está en esta necesidad tan humana de crear sentido y evitar el dolor que provoca una realidad aparentemente contradictoria y absurda –recordemos que para los secesionistas un mundo donde un Estado de Derecho prohíbe la secesión de una parte del territorio no tiene sentido-, sino en los niveles de exigencia de nuestros propios sistemas ideológicos. Copérnico no se conforma con las chapuceras explicaciones astronómicas que había en su época. Y Jordi se aferra a una ideología que ha heredado, que no ha sido nunca objeto de un riguroso análisis y con la que ha ido tirando toda su vida, como los clérigos escolásticos. Copérnico mantiene “su delirio” a pesar de tener el mundo en contra. Pero Jordi mantiene “su delirio” entre otras cosas para no tener el mundo en contra: la televisión, la radio, los periódicos y sus compañeros de trabajo le aportan un bienestar social y psicológico nada desdeñable. La verdad es que a Jordi le ha ido muy bien hasta ahora con su hecho diferencial. Da igual que un análisis riguroso señale que una Cataluña independiente sería, al menos a corto y medio plazo, mucho más pobre que ahora. Manteniendo lo contrario Jordi sería capaz de morir de hambre en su Cataluña imaginada sin modificar un ápice sus ideas. En fin, siendo un poco compasivo con nuestro amigo podríamos considerar que quizá es mejor para Jordi morir de hambre que de un ataque de ansiedad.

Quizá todos caemos a veces en estas actitudes paranoides, racionalizantes o disonantes. Pero lo único que a duras penas puede evitarlas es conocer un poco el mecanismo psicológico que las provoca. Identificada la pereza mental que nos inclina a vivir en una chabola ideológica llena de goteras, lo conveniente es hacer un esfuerzo y empezar a construir una nueva casa. El resultado que cabe esperar es que seamos un poco más libres. No es poca cosa.
Artículo publicado el 25 deseptiembre de 2017 en Periodista digital 

Jesús Palomar


viernes, septiembre 29, 2017

CATALUÑA Y EL MUNDO DE HOY



Recuerdo el estupendo libro de Stefan Zweig: El mundo de ayer. Recuerdo cómo describía la Viena del Imperio austrohúngaro: sólida, de apariencia inquebrantable. Idéntica a la de sus padres y abuelos donde la promesa de la continuidad tranquila se respiraba en cada instante. Luego, la Gran Guerra. Y después, la segunda gran guerra. En poco tiempo el mundo cambió. Entretanto, ocurrieron muchas cosas. Casi todas horribles. Muchos dicen que Europa murió en el proceso. Vivimos nosotros de sus ruinas. El hombre normal no sabe que todo es posible, decía David Rousset. Y nosotros, hombres y mujeres de la primera mitad del siglo XXI, deberíamos asumir el deber de no ser hombres normales. Todo es posible. También lo peor.


Tendemos a ver la tragedia como aquello que ocurre a los otros. Masacres, genocidios, extrema crueldad es solo posible allende nuestras fronteras. Quizá en la deprimida África. En un punto perdido de la inmensa Sudamérica. Pero Europa está ya curada de espanto. Y, sin embargo, los Balcanes. Tan cerca en el tiempo. En el espacio. Yo, a pesar de no profesar ninguna religión, tengo mis propias oraciones. Una de ellas son los versos de Ángel González: dos cosas en común tienen la Historia y la morcilla de mi tierra. Se hacen las dos con sangre, se repiten. En África. En América. Y también en Europa. De nacionalismo hablamos. Por consiguiente, de independentismo. Aporía trágica a fuerza de no tener salida. Ya sé. Somos civilizados y hemos aprendido. ¿Pero realmente hemos aprendido?


El problema catalán es pensar que hay un problema catalán y, por ende, creer que el susodicho problema se resuelve con la secesión: concedida de iure, con trampa de ley, o tolerada de facto: más competencias transferidas, más mirar para otro lado cuando se pisotean los derechos de los catalanes no nacionalistas, más empatía, sonrisas, flores, osos de peluche y diálogo, toneladas de diálogo.


No hay problema catalán. En Cataluña hay una desmesurada y ciega ambición de dominio de una oligarquía regional. Y una sociopatía cebada por el poder un día sí y otro también desde hace más de treinta años. Fomentada activamente desde Barcelona y pasivamente desde Madrid. La actividad de unos y la pasividad de otros se explican por la corrupción económica y moral de todos: lastre fatal que a los primeros les hace huir hacia delante y a los segundos actuar con una impostada prudencia que se parece mucho a la cobardía.


La secesión nada solucionaría. Continuaría el sentimiento de agravio. La pataleta adolescente de una nación recién nacida es insaciable y voraz. España —lo que de ella quedase— seguiría, por mucho tiempo, debiendo dinero. Debiéndolo todo. También debería territorios. ¿La Cataluña actual? A penas nada. El objetivo serían los Països Catalans. La aporía nacionalista es sobre todo eso: aporía ad infinitum, y promesa de sangre e infernal reiteración. Segregación disimulada hay ahora para los castellano parlantes. Segregación a secas habría luego: españoles catalanes convertidos en judíos alemanes. ¿Estamos preparados para ello? La civilización parece una fuerte red que protege de la barbarie. Pero la barbarie vive agazapada en cada hombre y quiere salir tras mucho tiempo reprimida. Freud sabía mucho de esto ¿Civilización? Débil tul que finalmente no protege de nada. Demasiado tiempo sin guerras, quizá. A los españoles de la primera mitad del siglo XXI nos cuesta valorar lo que nos ha venido casi de nacimiento: poder charlar con un amigo sin temor a la delación, pasear por el parque sin miedo a ser asesinado o arrestado, comer todos los días, sí, a pesar de la crisis de la que tanto nos está costando salir. Parece lo normal. Pero quien tenga más de ochenta años o conozca un poco la Historia sabe que es lo excepcional. 

Pandora abre su caja. Y abundan los ciegos voluntarios y los optimistas vanos que aun no saben que todo es posible. El mundo progresa cuando los políticos duermen. Pero hoy casi todos nuestros políticos tienen insomnio mientras que la mayoría de la gente anda todavía en duermevela. O nos espabilamos de verdad o los hiperactivos insomnes nos llevan a la ruina. 
                                                                          Jesús Palomar
 Artículo publicado el 18 de septiembre de 2017 en Periodista Digital

miércoles, septiembre 13, 2017

APORÍAS NACIONALISTAS

Tras la Segunda Guerra Mundial, conocidas las atrocidades nazis, el concepto de raza entra en declive moral y durante la segunda mitad del siglo XX, tras serias investigaciones genéticas, se convierte también en un concepto débil científicamente. Esto hace que casi ningún nacionalista identitario se atreva hoy explícitamente a hablar de raza. Resulta que la raza es sustituida por la lengua, más políticamente correcta, aderezada hábilmente con la palabra cultura, tan bien sonante como un hermosísimo vals. De modo que si en lugar de apelar a una raza diferente para justificar la secesión apelamos a la lengua y a la cultura, siendo exactamente lo mismo, parece otra cosa más digna y respetable. No obstante, en la mayoría de las naciones políticas actuales se hablan varias lenguas y en diferentes estados usan una misma lengua: Ingles en Reino Unido y EE.UU, y español en España y Argentina, por ejemplo.
     
     ¿Y qué ocurre cuando en una nación política se habla la misma lengua? Entonces es el factor religioso el que se constituye como bandera del nacionalismo identitario. De lo que se deduce que sería una tragedia inmensa para cualquier nacionalista identitario no disponer de alguno de estos tres rasgos justificativos para llevar a cabo su programa político. Se entiende entonces la angustia de los nacionalismos lingüísticos, sin raza ni religión a la que echar mano.

     De modo que raza, lengua y religión han sido tradicionalmente los elementos que han intentado justificar la existencia real de una nación; los signos visibles de una realidad inabarcable y preexistente que, como puntas insignificantes de iceberg, se han considerado demasiadas veces pruebas irrefutables de la vastedad de hielo sumergido en las aguas. Y, sin embargo, esta dialéctica nacionalista de lo oculto y lo profundo sólo puede articularse en un lenguaje esquivo ajeno a la razón, pariente cercano del sermón religioso o la narración mítica.

     Los que admiten que la nación es una monolítica y fantasmal identidad colectiva no pueden obviar que se manifiesta en individuos reales de carne y hueso; es decir, de modo discontinuo. Siendo el Estado un territorio continuo, ¿cómo conjugar esta asimetría?, ¿qué hacer con presuntas naciones diferentes con distintas identidades que conviven en el mismo espacio? Hitler tenía su propia respuesta. Pero para todos los que no comulgamos con ella es, desde luego, una ineludible aporía.

      La democracia tiene que ver con decidir, pero no es solo derecho a decidir. No tenemos derecho a decidir si mañana saldrá el Sol o si linchamos al vecino tan solo porque lo deseamos y lo sentimos así, sin más. Aunque sea mediante un inmaculado referéndum. La soberanía tampoco se decide por sufragio. Nos viene dada por la Historia o se cambia tras un hecho revolucionario: lo que hoy ocurre en Cataluña es una revolución de la señorita Pepis disfrazada de legalidad.

      No hay derecho a la secesión de una parte en relación con el todo, pues la parte no tiene derecho a destruir al todo. En puridad ni siquiera el todo tiene derecho a destruirse a sí mismo, pues la soberanía es inalienable. El derecho a decidir si somos soberanos es un absurdo lógico y jurídico, pues si tal derecho existiese se estaría constatando la soberanía antes de la misma decisión. Reconocer este falso derecho implicaría de facto eliminar la soberanía española.

     Si la creación de un Estado fuese cuestión de decisión colectiva según deseos y sentimientos, entonces éstos deberían ser expresados periódicamente por cada generación. Pues el deseo, como la donna de la ópera, è mobile. Abuelos, padres e hijos pueden desear y sentir cosas diferentes. Aun así, tan digno de ser escuchado sería el anhelo independentista de algunos vascos o catalanes como el del último pueblo de la provincia de Albacete, y aun del más pequeño de los barrios de ese último pueblo, y así ad infinitum. De modo que la aporía del nacionalismo identitario se nos cuela esta vez por otra rendija. Abstracta reflexión que nos lleva a lo concreto: Badalona o el pequeño municipio de Pontons, pongamos por caso. ¿Reconocemos su derecho de autodeterminación señora Forcadell?

      Los Estados europeos son el resultado de complejos avatares históricos. Es una cuestión de facto, no de iure. Surgieron a trancas y barrancas, y demasiadas veces se apeló a bodas concertadas que sólo convenían a reyes o príncipes. Pero este hecho no justifica que los actuales estados deban ser desmantelados. La mayoría de los que optamos hoy por conservar las Pirámides de Egipto no aprobamos la manera en que se levantaron. Los estados son fruto de la Historia y no responden ya a ninguna voluntad malvada a la que podamos llevar a un tribunal. Pocas cosas humanas que veneramos todos los días han nacido por una irreprochable racionalidad y buena voluntad. Si Alexander Fleming hubiese investigado sólo por deseo de fama o vanidad, ¿deberíamos dejar de usar la penicilina?

      Estamos en el siglo XXI y pretendemos aprender de la Historia. Desde una postura mínimamente ilustrada el problema de destruir o construir un Estado carece de interés. Lo verdaderamente importante es si ese o aquel Estado es apropiado para mantener la paz, si sus ciudadanos son libres, hay verdadera justicia social y respeto debido a las minorías. ¿O acaso los muy democráticos constructores de nuevos estados pretenden instaurar valores muy diferentes a éstos? Visto lo visto estos días en el Parlamento de Cataluña no es una hipótesis descabellada.

     La Historia puso las fronteras, pero las generaciones presentes podemos hacer algo mucho más importante: que a un lado y al otro de la línea haya justicia y libertad.

Jesús Palomar
  Artículo publicado el 11 de septiembre de 2017 en Periodista Digital.