miércoles, septiembre 13, 2017

APORÍAS NACIONALISTAS

Tras la Segunda Guerra Mundial, conocidas las atrocidades nazis, el concepto de raza entra en declive moral y durante la segunda mitad del siglo XX, tras serias investigaciones genéticas, se convierte también en un concepto débil científicamente. Esto hace que casi ningún nacionalista identitario se atreva hoy explícitamente a hablar de raza. Resulta que la raza es sustituida por la lengua, más políticamente correcta, aderezada hábilmente con la palabra cultura, tan bien sonante como un hermosísimo vals. De modo que si en lugar de apelar a una raza diferente para justificar la secesión apelamos a la lengua y a la cultura, siendo exactamente lo mismo, parece otra cosa más digna y respetable. No obstante, en la mayoría de las naciones políticas actuales se hablan varias lenguas y en diferentes estados usan una misma lengua: Ingles en Reino Unido y EE.UU, y español en España y Argentina, por ejemplo.
     
     ¿Y qué ocurre cuando en una nación política se habla la misma lengua? Entonces es el factor religioso el que se constituye como bandera del nacionalismo identitario. De lo que se deduce que sería una tragedia inmensa para cualquier nacionalista identitario no disponer de alguno de estos tres rasgos justificativos para llevar a cabo su programa político. Se entiende entonces la angustia de los nacionalismos lingüísticos, sin raza ni religión a la que echar mano.

     De modo que raza, lengua y religión han sido tradicionalmente los elementos que han intentado justificar la existencia real de una nación; los signos visibles de una realidad inabarcable y preexistente que, como puntas insignificantes de iceberg, se han considerado demasiadas veces pruebas irrefutables de la vastedad de hielo sumergido en las aguas. Y, sin embargo, esta dialéctica nacionalista de lo oculto y lo profundo sólo puede articularse en un lenguaje esquivo ajeno a la razón, pariente cercano del sermón religioso o la narración mítica.

     Los que admiten que la nación es una monolítica y fantasmal identidad colectiva no pueden obviar que se manifiesta en individuos reales de carne y hueso; es decir, de modo discontinuo. Siendo el Estado un territorio continuo, ¿cómo conjugar esta asimetría?, ¿qué hacer con presuntas naciones diferentes con distintas identidades que conviven en el mismo espacio? Hitler tenía su propia respuesta. Pero para todos los que no comulgamos con ella es, desde luego, una ineludible aporía.

      La democracia tiene que ver con decidir, pero no es solo derecho a decidir. No tenemos derecho a decidir si mañana saldrá el Sol o si linchamos al vecino tan solo porque lo deseamos y lo sentimos así, sin más. Aunque sea mediante un inmaculado referéndum. La soberanía tampoco se decide por sufragio. Nos viene dada por la Historia o se cambia tras un hecho revolucionario: lo que hoy ocurre en Cataluña es una revolución de la señorita Pepis disfrazada de legalidad.

      No hay derecho a la secesión de una parte en relación con el todo, pues la parte no tiene derecho a destruir al todo. En puridad ni siquiera el todo tiene derecho a destruirse a sí mismo, pues la soberanía es inalienable. El derecho a decidir si somos soberanos es un absurdo lógico y jurídico, pues si tal derecho existiese se estaría constatando la soberanía antes de la misma decisión. Reconocer este falso derecho implicaría de facto eliminar la soberanía española.

     Si la creación de un Estado fuese cuestión de decisión colectiva según deseos y sentimientos, entonces éstos deberían ser expresados periódicamente por cada generación. Pues el deseo, como la donna de la ópera, è mobile. Abuelos, padres e hijos pueden desear y sentir cosas diferentes. Aun así, tan digno de ser escuchado sería el anhelo independentista de algunos vascos o catalanes como el del último pueblo de la provincia de Albacete, y aun del más pequeño de los barrios de ese último pueblo, y así ad infinitum. De modo que la aporía del nacionalismo identitario se nos cuela esta vez por otra rendija. Abstracta reflexión que nos lleva a lo concreto: Badalona o el pequeño municipio de Pontons, pongamos por caso. ¿Reconocemos su derecho de autodeterminación señora Forcadell?

      Los Estados europeos son el resultado de complejos avatares históricos. Es una cuestión de facto, no de iure. Surgieron a trancas y barrancas, y demasiadas veces se apeló a bodas concertadas que sólo convenían a reyes o príncipes. Pero este hecho no justifica que los actuales estados deban ser desmantelados. La mayoría de los que optamos hoy por conservar las Pirámides de Egipto no aprobamos la manera en que se levantaron. Los estados son fruto de la Historia y no responden ya a ninguna voluntad malvada a la que podamos llevar a un tribunal. Pocas cosas humanas que veneramos todos los días han nacido por una irreprochable racionalidad y buena voluntad. Si Alexander Fleming hubiese investigado sólo por deseo de fama o vanidad, ¿deberíamos dejar de usar la penicilina?

      Estamos en el siglo XXI y pretendemos aprender de la Historia. Desde una postura mínimamente ilustrada el problema de destruir o construir un Estado carece de interés. Lo verdaderamente importante es si ese o aquel Estado es apropiado para mantener la paz, si sus ciudadanos son libres, hay verdadera justicia social y respeto debido a las minorías. ¿O acaso los muy democráticos constructores de nuevos estados pretenden instaurar valores muy diferentes a éstos? Visto lo visto estos días en el Parlamento de Cataluña no es una hipótesis descabellada.

     La Historia puso las fronteras, pero las generaciones presentes podemos hacer algo mucho más importante: que a un lado y al otro de la línea haya justicia y libertad.

Jesús Palomar
  Artículo publicado el 11 de septiembre de 2017 en Periodista Digital.

viernes, septiembre 08, 2017

¿AGNÓTICO O ATEO?

El 21 de agosto escribí en facebook una entrada que se ha hecho viral. Esta entrada fue bloqueada por facebook identificándola como spam.  Periodistadigital y algún otro periódico digital se hicieron eco del post y de la “censura” posterior. El post bloqueado por facebook empezaba con la frase “Si eres agnóstico y tolerante con el Islam, pero ateo y combativocon el cristianismo”. 
  El 5 de septiembre escribí un nuevo artículo y lo envié al diario INFORMACION de Alicante. Sirva este escrito para profundizar en la primera frase del post viral. Aquí está el artículo publicado:



En puridad ser agnósico significa que la existencia o no existencia de Dios es un tema irresoluble para la razón humana. De modo que, como decía Tierno Galvál, el agnóstico se instala en la inmanencia y no entra en temas teológicos. Sin embargo declararse ateo va un poco más allá. El ateo afirma que la proposición “Dios existe” es falsa. Pero además de ser falsa, dicha por un ser humano es una mentira interesada. Es decir, el ateo añade una valoración moral: quien tiene interés en que creamos en Dios nos está intentando engañar en virtud de algún plan no siempre confesado. De modo que el ateo está convencido de que la mera creencia en Dios, y las creencias y conductas que de esta creencia se derivan, son, per se, nocivas para el individuo y/o para la sociedad. Marx considera la religión como opio del pueblo: placebo antirrevolucionario, Nietzsche como un elemento que debilita la voluntad de vivir y atrofia la capacidad estética de los seres humanos y para Freud la cuestión religiosa está involucrada en casi todas las neurosis. Ergo, un mundo sin Dios y sin religión sería mejor para todos.


Pero más allá de la denotación objetiva de los términos, las palabras tienen también matices y connotaciones que el habla, algo vivo y dinámico, no puede evitar. Mi admirado Gustavo Bueno solía decir que cuando un no creyente se declara agnóstico viene a significar que, más allá de su creencia o no en Dios, no se va a mostrar combativo en el asunto. Allá cada cual con su fe. Pero cuando un no creyente se declara ateo, la cosa cambia. Si en una conversación alguien dice soy ateo, se dispone a entrar en guerra dialéctica con aquellos que afirmen que Dios existe.


De modo, que siguiendo a Gustavo Bueno, agnóstico y ateo son también actitudes que un no creyente puede poner en práctica según y cuando. Ni el “ateo” anda siempre batallando (algo agotador) ni el “agnóstico” es siempre un indiferente y cachazudo Buda. Un “agnóstico” es un ateo que ocasionalmente no quiere batallar y un “ateo” es un agnóstico al que algunos creyentes ya le han irritado demasiado. Ser no creyente y creyente a la vez es incoherente. Pero que un no creyente se muestre tolerante o combativo con conductas o ideas que su oponente creyente desarrolla según el caso, no lo es. A la mayoría de los no creyentes les es indiferente que alguien crea en Dios o que se rece tres, cuatro o cien veces al día. Ya sea a Zeus, a Jehová o a Alá. Pero a la mayoría de los no creyentes que conozco no les es indiferente que en nombre de una religión se limiten libertades básica, se justifiquen actitudes machistas o se den clases de religión en la escuela pública (cualquier religión) por poner ejemplos suficientemente claros, creo yo. En este último caso muchos no creyentes asumen una actitud atea y combativa. Y es normal que así sea si se ama la libertad más que a cualquier Dios.
Jesús Palomar


 Artículo publicado el 5 de septiembre de 2017 en el diario INFORMACION de Alicante.

lunes, septiembre 04, 2017

ERES PARTE DE LA SOLUCIÓN

El 21 de agosto escribí en facebook una entrada que se ha hecho viral. Esta entrada fue bloqueada por facebook identificándola como spam.  Periodistadigital y algún otro periódico digital se hicieron eco del post y de la “censura” posterior. El post bloqueado por facebook acababa con la frase “No lo dudes: eres parte del problema”. Y el problema o uno de los grandes problemas que padecemos es, en mi opinión, la incoherencia y el deterioro de nuestra capacidad crítica fomentado por diversos grupos políticos e ideológicos. El excelente escritor y reportero Alfonso Rojo escribió el 29 de agosto un artículo titulado Eres parte del problema. Al final del escrito Alfonso Rojo se refería a mi post y se quejaba de las graves inchorencias con las que convivimos diariamente.  El 4 de septiembre escribí un nuevo artículo y lo envié a periodistadigital. Me lo publicaron inmediatamente. Aquí está el artículo publicado:


Fue Antonio Gramsci desde planteamientos marxistas quien más insistió en la idea: para alcanzar el poder es necesario primero ganar la batalla cultural. Es decir, la batalla de la opinión pública. Gramsci se refería a ello con el término hegemonía cultural. Los discípulos actuales de Gramsci se esfuerzan día tras día en imponer y mantener esa “hegemonía cultural”. Pero para tales discípulos, algo más torpes y desde luego bastante menos brillantes que su maestro, no importa que esa opinión generalizada esté llena de contradicciones o incoherencias. Incluso es deseable que sea así. Se trata de aturdirnos y que ya nadie tenga la fuerza moral para oponerse a ella. Primero por la presión de grupo. Luego por la asunción mecánica. El objetivo es conseguir una servidumbre voluntaria en una sociedad de zombis: una turba muy similar a los caminantes de la noche de la serie Juego de Tronos. Hoy llamamos a esa hegemonía cultural lo políticamente correcto. Se fomenta con mensajes reiterados y propaganda. Mucha propaganda. Y la verdad es que los discípulos de Gramsci han tenido mucho éxito, pues raro es el partido que no ha sucumbido a ella. De modo que, paradójicamente, eso que hemos dado en llamar lo políticamente correcto se promueve a la vez desde la superestructura y por los grupos sociales dominantes de la infrestructura, por hablar en terminología marxista. Y, en medio, estamos casi todos nosotros.

¿Cuál es uno de los resultados del triunfo de tal hegemonía cultural? Hannah Arendt nos ilumina un poco: la mente del individuo se escinde. El diálogo interior desaparece. Y la capacidad de juicio, se deteriora. Juzgamos gracias a que la conciencia es “dos en uno”. Y el juicio es siempre fruto de un diálogo íntimo con nosotros mismos. Un dialogo que se realiza en soledad y en silencio. Por eso es tan importante para los propagandistas de abajo y los poderosos de arriba fomentar el ruido y el entretenimiento vacuo. En tal situación el eslogan zafio es lo que triunfa y el desahogo emocional y reactivo es lo que interesa. Esta tensión ayuda a mantener el sistema. Y prácticamente todos los partidos se congratulan por ello. Unos en público y otros en privado. El poder nos ánima a que juguemos al parchís con un amigo virtual de Australia a través de la red y a que soltemos dos improperios emocionales en forma de opinión en el bar de la esquina: a eso lo llaman libertad. Nos toleran seguir con nuestra vida, pero en familia o en el reducido círculo de amigos cercanos; para ver la tele, comentar el último partido de fútbol o preparar nuestro viaje de vacaciones. Poco más. No nos engañemos, si rebasamos la línea es muy probable que tengamos problemas.
La hegemonía cultura que hoy por hoy padecemos no es inocua. Asumir una incoherencia es el primer paso para asumir las demás. Y con la cabeza llena de incoherencias, se anula el pensamiento y la capacidad crítica. Ni siquiera es hipocresía. Es aturdimiento. El terreno está entonces abonado para el mal. Y la causa básica de ese mal es banal, como dijo Arendt. Para fomentar grandes males no hace falta ser un demonio. Basta con que haya mucha gente que haya dejado de pensar y de hacerse preguntas. La incapacidad de pensar de la mayoría de la población de Alemania, gente común y no especialmente malvada, propició el triunfo del nazismo.

     Sembrada la discordia en nuestra cabeza es difícil establecer diálogos con los otros. El resultado es la atomización de la sociedad. Pero entre una sociedad atomizada y una comunidad orgánica, hay un término medio: la tradición política más ilustrada la denomina comunidad republicana. Y una comunidad republicana puede darse con o sin rey. Empezó con Roma, siguió con Cromwell (mejor representada en Oceana de Harrington), en el Renacimiento la defendió para Florencia el genial Maquiavelo y fue la fuerza omnipresente de la Revolución norteamericana.

        ¡Somos individuos, sí, pero profundamente preocupados por su comunidad política! Queremos ser verdaderos ciudadanos y no átomos sin conexión que pululan en el vacío.
Nuestra sociedad civil está destruida. Intentemos entre todos restaurarla. Afrontar nuestras contradicciones es nuestro primer deber político. Sin ello no habrá debates sinceros ni sociedad civil fuerte. Los griegos llamaban a esta elemental sinceridad en el discurso parresia. Y en tiempos de confusión, la parresia es revolucionaria.

         La incoherencia es parte del problema, sí. Y la coherencia es el inicio de la solución. Una sociedad civil fuerte podrá afrontar mejor el resto de los problemas. Que son muchos, desgraciadamente. 
Jesús Palomar
                                                                                         


 Artículo publicado el 4 de septiembre de 2017 en Periodista Digital.

sábado, julio 29, 2017

LABERINTOS POLÍTICOS



Libro a caballo entre la divulgación y la reflexión crítica. Un repaso a las ideas políticas de Platón, Aristóteles, Hobbes, Locke y Rousseau. Y una reflexión crítica e histórica sobre conceptos políticos fundamentales: Estado, soberanía, democracia, monarquía, república y constitución, entre otros. El ensayo analiza asimismo temas como la relación entre la verdad y la política, la legitimidad y la ley o la compatibilidad entre Estado de derecho y las excepciones legales que se vislumbran tras la discriminación positiva defendida por colectivos neofeministas y de género. El lector encontrará también al final del volumen una recopilación de artículos periodísticos sobre cuestiones políticas de actualidad.

viernes, abril 14, 2017

IDENTIDAD Y FICCIÓN


Quién soy es una pregunta personal e intransferible. Se trata de un asunto filosófico que incumbe al propio sujeto. Por mi parte, estoy con Heráclito: la identidad es una ficción. Un juego que crea estructuras. Nada permanente somos porque estamos siendo de continuo. Pero resulta que la mentira de la identidad es necesaria para que funcione otra gran mentira: la del lenguaje y la comunicación.
La mentira del lenguaje y de la identidad posibilitan pues un mínimo de entendimiento que revierte en pragmatismo, aunque suene contradictorio. Así pues, cuando le pido al camarero una cerveza, me trae efectivamente una cerveza; aunque en rigor ni el camarero ni la cerveza ni yo mismo tenemos identidad fija y todo es un puro proceso: he ahí el inquieto rió de Heráclito. Ahora bien, la mentira funciona porque todos hemos convenido en que la cerveza es cerveza y el camarero es camarero, incluido el propio camarero. Lo podemos asumir como un mero juego o como algo muy serio. Eso es lo de menos para que la cosa funcione. Si el camarero piensa que es farmacéutico e incluso lo proclama a los cuatro vientos no hay en principio ningún problema, pero si no se da por aludido cuando pido sus servicios y solo despacha medicamentos sería harto complicado llevar a cabo algo tan sencillo como tomarse una cerveza en el bar. Al eliminar el carácter intersubjetivo del lenguaje, que es tanto como eliminar el lenguaje mismo, la comunicación se vuelve imposible. Como decía Wiettgenstein, no hay lenguajes privados. Si un calvo decide ser melenudo porque así lo siente, habrá resuelto a su manera el problema filosófico de su identidad, pero si va a una peluquería para que le hagan un sofisticado peinado, obviamente el peluquero no entenderá nada. Seguirá viendo una cabeza lisa y brillante como una bola de billar. De modo que una persona que con un cuerpo biológicamente masculino se sienta mujer y proclame que lo es no supone ningún problema para nadie. Es la particular solución que tal persona da al problema filosófico de su identidad. Solo habrá ciertos malentendidos,con nula intencionalidad, si tal persona es percibida como un hombre por los demás. Y esto dependerá fundamentalmente de su aspecto y de las convenciones sociales al respecto, y no tanto de su digna decisión que tan solo conoce él. O ella.
 Pero la locura total resultaría si el Estado decidiese tomar partido en todo esto. ¿Tendrá derecho entonces el hombre que se siente mujer a entrar en los servicios de mujeres? ¿Le asignará la seguridad social un ginecólogo en lugar de un urólogo?¿Y si un adulto se siente niño tendrá derecho a matricularse en la ESO? ¿Tendrá derecho el camarero a que el Estado le ponga una farmacia porque se siente farmacéutico?, ¿deberá obligar el Estado al peluquero a obrar un milagro y hacerle al señor calvo un sofisticado peinado? En definitiva, ¿la identidad proclamada por el sujeto ha de ser fuente de derecho? Si la respuesta es sí, estaríamos acabando de facto con el Derecho mismo, pues el pseudoderecho resultante dejaría de ser operativo.
           Hay ficciones sin las cuales el homo sapiens, creador de fábulas útiles, no puede vivir. Al menos como homo sapiens: Identidad, lenguaje y derecho son algunas de ellas.

domingo, marzo 05, 2017

SEXO, GÉNERO E IDEOLOGÍA


 La ideología de género afirma que la sexualidad de la mayoría de la gente no ha sido libremente elegida. La sociedad nos asigna nuestra sexualidad cruel y despóticamente cada día de nuestra existencia. Todo empieza con el desalmado pediatra que dice a la mamá embarazada que es un niño porque en la ecografía ve un pene. El sexo es una construcción social. De modo que debemos situarnos en un punto cero. Libres de influencias culturales. Incluso de influencias biológicas. Y desde ese punto cero, elegir nuestro objeto de deseo y nuestro modo de sentirnos. Sentirnos hombres con o sin penes y mujeres con o sin vulvas. Y elegir desear a una mujer, a un hombre, a un perro o a un gato. No solo es una opción, es nuestra identidad. Llamemos a estas opciones identitarias géneros.

Si desarrollamos este planteamiento son inevitables ciertas aporías y algunas perpeplejidades.

¿Elegimos lo que deseamos? Resulta que la sexualidad está marcada fundamentalmente por el deseo mismo. Y a poco que recapacitemos nos damos cuenta de que nunca elegimos el objeto de nuestro deseo. Si acaso, es el objeto el que nos elige a nosotros. No elegimos que nos gusten las lentejas o la paella. Solo podemos elegir si las comemos o no, que no es poca cosa por cierto. E igual ocurre con el sexo. No es una opción. No elegimos sentirnos atraídos por las mujeres, por los hombres, por los zapatos de tacón o por los uniformes masculinos. Por cierto, tampoco un hombre elige desear a otro hombre ni una mujer a otra mujer.

¿Somos lo que deseamos? Aun si nos ponemos filosóficos y admitimos que no sabemos muy bien quienes somos, sí sabemos que no somos lo que deseamos. Un mudo que desea ser cantante, no lo es. Un hombre que desea ser un perro, no es un perro. Un sargento que desea ser Napoleón, no es Napoleón.

Para liberarnos de las tiránicas imposiciones sociales la ideología de genero nos da la solución mágica. Hay que intervenir socialmente en colegios, en ayuntamientos, en la publicidad. De distintos modos y maneras. Primero enseñando amablemente, luego inculcando y, si es necesario, imponiendo. Todo sea para liberarnos del tiránico constructo social que nos esclaviza. Hay que obligar a la gente a ser libre. ¿Pero no estamos entonces como al principio? Resulta que nuestra identidad sexual dependerá entonces de otra construcción social: la que propone la propia ideología de género. Y es que si nos pasamos de listos volvemos a ser tontos. Porque si damos un giro de 360º estamos obviamente en el mismo sitio.

De modo que la antropología que la ideología de género nos propone resulta un galimatías. El ser humano autentico, el que debe elegir todo lo demás, es un ente puro, no contaminado por su biología ni por la sociedad. Una especie de punto imaginario en el espacio vacío que desea y desea a lo largo del tiempo. No sabemos qué es lo que le lleva a desear esto o aquello y, lo que es más curioso, ni siquiera sabemos quién es el que desea. Un extraño ente sin biología, sin lenguaje, sin historia, sin sociedad, sin identidad. En definitiva Nadie. Un nadie que desde la absoluta nada elige, pues, tener un género y por ende una identidad sexual.

Pero resulta que si admitimos esta conclusión, a pesar de las incongruencias que de ella se derivan, vamos a chocar inevitablemente con la otra cara de la ideología de género. Aquella que defiende la identidad femenina en virtud de la cual se practica una discriminación positiva. En este caso ser hombre o mujer no es algo elegido. Qué más quisiéramos. Los hombres nacemos hombres a nuestro pesar, y a nuestro pesar somos agresivos y maltratadores, y por eso debemos ser castigados por el Estado y la Ley más que las mujeres por idénticos hechos. ¿En qué quedamos entonces? 
Lo peor de la ideología de género no es que intente cambiar los usos y costumbres desde planteamientos estatalistas con veleidades totalitarias. Lo peor es que nos deja el cerebro hecho papilla si pretendemos entenderla o buscar un poco de coherencia lógica en sus proclamas.

sábado, enero 07, 2017

CONSTITUCIÓN, DERECHOS SOCIALES Y OTRAS COSAS


El llamado Estado social que ha mejorado la existencia de muchos seres humanos es algo asumido y celebrado por casi todos. Y se manifiesta como bien intencionados principios en prácticamente todas las constituciones modernas. Pero es pertinente resaltar que los llamados derechos sociales son esencialmente diferentes a los derechos civiles y políticos. Hasta tal punto que incluso podríamos cuestionar que si son derechos en sentido estrictamente jurídico los primeros quizá no deberíamos llamar derechos a los segundos. Los derechos civiles y políticos son fundamentales. Y no es esta un declaración retórica para resaltar su importancia. Son fundamentales porque fundan. Y lo que fundan es la Constitución que inaugura una nueva era política en Occidente centrada en la dignidad del ser humano y el respeto a sus libertades. Al ser previos a toda estructura política los revolucionarios franceses y americanos exigían su reconocimiento al Estado, no su creación. Así pues, los derechos fundamentales son una defensa ante los posibles excesos del Estado. Exceso constatado por las precedentes monarquías absolutas. Los derechos fundamentales pueden ser reclamados individualmente al Estado, y este, en justa correspondencia, resolver la demanda. ¿Ocurre lo mismo con los derechos sociales? Si la reclamación es individual ya no es social y si el Estado no puede resolver la demanda, tampoco en puridad es derecho. Esto es lo que sucede por ejemplo cuando un ciudadano desempleado exige que se cumpla su derecho a un trabajo y el Estado no lo resuelve adecuadamente. Quizá por esta razón Carl Schmitt señalaba que los derechos sociales pueden estar o no en la Constitución, pero no son Constitución.
Más allá de los servicios que el Estado ofrece para evitar una vida miserable y procurar mayores cuotas de bienestar social para todos, hoy el afán de constitucionalizar derechos que rebasan el ámbito de los derechos fundamentales e incluso de los básicos servicios sociales responde a la extendida estrategia de hacer política a través de un lenguaje jurídico. Y de hecho la mayor declaración política que se puede hacer en la actualidad es trasformar cualquier proclama ideológica en derecho. La declaración es apoteósica si exigimos incluir este derecho en la Constitución. Proclamar que hay un mundo mejor al que podemos aspirar, un mundo de amistad, solidaridad y amor suena demasiado poético y poco movilizador. Pero si gritamos en un mitin que tenemos derecho a la amistad, a la solidaridad y al amor, el mensaje se torna más rotundo. No digamos si exigimos que tales derechos se incluyan en la Carta Magna, único objeto cuasi sagrado en la secularizada sociedad moderna. Casi todos admitimos hoy que el Estado debe ofrecernos algunos servicios: infraestructuras, ayuda a los necesitados, educación y sanidad dignas para todos, por ejemplo. Y asumimos que para este fin el Estado merme nuestra hacienda. Pero también deberíamos ser conscientes de que una vez admitida esta donación del Estado, el Estado puede intentar donarnos maternal y generosamente otras muchas cosas quizá no tan claramente beneficiosas. Seguro que siempre lo hará retóricamente por nuestro bien, aunque no siempre con nuestro permiso. Y estas otras cosas aparecerán siempre en el lenguaje político como derechos sociales. Y aquí es donde los derechos fundamentales se revelan como esencialmente diferentes. Los primeros son nuestros instrumentos para defendernos de los excesos del Estado. Los segundos, exclusivos derechos del Estado que buscan justificar sus excesos.
       ¿Cuáles son esas otras cosas? En realidad todos los derechos que no son los políticos y civiles se introducen en la legislación por la puerta de los llamados derechos sociales, tanto si son servicios sociales como si no lo son. Incluido el ecologismo mal entendido. Que admitamos que es un derecho social el disfrutar de parques y bosques no debería implicar que una planta tenga derechos, obviamente. No es hipérbole. A este respecto Dave Foreman, cofundador de Earth First!, llegó a decir: "La Tierra tiene cáncer, y ese cáncer es el hombre".Mutatis mutandis con los movimientos animalistas extremos. Se pasará, sin solución de continuidad, de asumir que no debemos maltratar a los animales a considerar asesino al conductor que atropella una ardilla que se cruza inesperadamente en la calzada. Derechos vegetales y animales, ¿por qué no constitucionalizarlos? Por este camino tendremos un libro al que llamaremos constitución que en el mejor de los casos describirá una bonita utopía. En el peor, un pesadillesco galimatías atiborrado de proclamas ideológicas oscuro y tenebroso como la niebla. Complejidad y laberinto que solo puede beneficiar a los tiranos dispuestos a hacer ley de su voluntad. En cualquier caso, no tendríamos Constitución alguna. Nuestro utópico o laberíntico libro daría paso así a un Estado omnímodo con licencia para intervenir en todos nuestros asuntos con el bien social, ambiental o ecológico como excusa. Es decir, un Estado metomentodo empeñado en crear al hombre nuevo con sofisticadas técnicas de ingeniería social: ¿la forma amable de un estado totalitario? Probablemente. Jouvenel apuntaba a un Estado Minotauro, poderosa máquina de legislar que se cuela en todos los rincones de la sociedad. Pensado para la seguridad, se convierte así en la causa de la intranquilidad y, como el Minotauro mítico, exige vorazmente constantes sacrificios. Sacrificio de vidas humanas en la guerra y de libertades en la paz. Totalitarismo en nombre del bien, de lo políticamente correcto y de la opinión de moda. Este es el camino emprendido por la llamada ideología de género asumida cada vez más por el Estado, por poner un ejemplo lo suficientemente esclarecedor. En virtud de esta ideología el deseo subjetivo se convierte en fuente de derecho, pues el deseo de ser hombre o mujer prevalece sobre cualquier otro criterio de demarcación dado por la ciencia, la costumbre, la tradición o la mera evidencia empírica. ¿Tengo derecho a ser reconocido y tratado por la administración como Napoleón porque me siento Napoleón? En otros tiempos esto se llamaba locura, hoy es la normalidad. Asimismo la presunción de inocencia de todo ciudadano ante la ley, pilar básico de todo Estado de Derecho, se vulnera en el caso de un varón en relación con su pareja femenina. Y el hombre tendrá la penosa tarea de demostrar su inocencia ante la acusación de la mujer que se considere maltratada. Aunque quien tendrá que demostrar su inocencia será en realidad su abogado, pues el hombre, esté o no fundada la acusación, dormirá una o dos noches en el calabozo hasta que se resuelva la cuestión. Aunque tales leyes no hayan llegado a la Constitución, sorprendentemente operan de facto en la sociedad a pesar de su explícita inconstitucionalidad y, tal como están las cosas, no es disparatado que se incluyan en una futura reforma constitucional, siquiera para evitar esta incoherencia.  Su puerta de estrada será sin duda los derechos sociales. Aun siendo grave el predominio de la ideología de género, lo es más el precedente legal de retornar al derecho penal de autor. Esto es, juzgar por lo que somos y no por lo que hacemos. Si la estadística, en muchas ocasiones sesgada y amplificada por los medios de comunicación, asigna mecánicamente culpabilidad a colectivos sociales, ¿en un futuro no muy lejano tendrá un gitano que demostrar su inocencia ante la acusación de un robo cualquiera?, ¿tendrá que demostrar que no es culpable un colombiano acusado de tráfico de drogas? Atendiendo a los datos de criminalidad en Nueva York, ¿deberán demostrar los negros que no son asesinos? Aviso para navegantes: una Constitución que menosprecie la libertad, la presunción de inocencia y el control del poder estatal (aunque sea con las mejores intenciones), no es Constitución.

miércoles, noviembre 23, 2016

NACIONES, NACIONALIDADES Y REGIONES

Me imagino a los padres de la Constitución del 78: unos insistiendo en incluir la palabra nación y otros aferrados a la palabra región. Ni para ti ni para mí, pongamos nacionalidades, debió de decir algún iluminado. Y aquí seguimos, peleándonos por las palabras. Cierto que nacionalidades no son regiones, pero no es menos cierto que tampoco son naciones. Obviamente no es lo mismo decir tengo la nacionalidad española que tengo la nación española, ¿verdad? Y eso deben pensar los nacionalistas. De ahí el cansino empeño del PNV en la palabra nación. Y ante tal empeño, el PSE se muestra conciliador: denominemos nación a Euskadi con ocasión de la futura reforma del Estatuto de Gernika. Total, solo se trata de palabras. ¿Vamos a discutir por eso?

Para ilustrados y liberales del siglo XIX la nación la componían los habitantes del Estado que tenían conciencia política. En cambio los románticos la entendieron siempre como el conjunto de individuos que poseen costumbres y tradiciones comunes. Hoy a la primera la llamamos nación política y coincide con los ciudadanos del territorio de un Estado. La segunda es la nación cultural y suele estar repartida en distintos estados o pertenecer, junto a otras regiones, a un solo Estado. Nación política tiene un claro significado jurídico, pero nación cultural es una expresión con sentido sociológico. Mutatis mutandis con el término Estado. California es denominada Estado, pero sin soberanía; equivalente a una comunidad autónoma o a una región. Pero EE.UU o España son estados soberanos.

El PSE admite el término nación en su acepción cultural y es de suponer, acorde con su planteamiento federalista, que no tendría ningún problema en asumir también que Euskadi y Cataluña fuesen denominados estados. Siquiera al modo en que lo son California y los Länder alemanes: estados sin soberanía. Pero si no pretenden cambiar sustancialmente la realidad, ¿tiene algún sentido cambiar las palabras? Pirrón, el filósofo escéptico, solía decir que entre la vida y la muerte no había ninguna diferencia. Un avispado crítico le espetó: ¿por qué no te mueres entonces? Y Pirrón contestó de forma contundente: por eso, porque no hay ninguna diferencia. Ante la demanda de nuevos significantes para las mismas realidades deberíamos de ser igual de contundente: si no hay sustancial diferencia, ¿por qué cambiar? Pero la cuestión es que los que insisten en sustituirr las palabras sí que piensan que hay diferencias. De ahí su empeño. Quebrada la lealtad constitucional de los partidos nacionalistas, toda negociación al respecto esconde siempre una segunda derivada. ¿Soy demasiado susceptible? Conseguida la denominación de nación para Cataluña y País Vasco es obvio que será más fácil reclamar que son una nación política. Y aceptar la palabra Estado al modo en que lo es California para reclamar después soberanía, al modo en que son soberanos el Estado Español o EE.UU, es una consecuencia fácilmente deducible. Palabra a palabra hasta el objetivo final.

Antaño las batallas se ganaban con las armas. Pero hoy se ganan primero en el lenguaje. El pensamiento y los hechos son meras consecuencias. El materialismo histórico de Marx y el idealismo de Hegel están pasados de moda. La Historia no la mueve la infraestructura económica y tampoco el pensamiento. La mueven las palabras. Son las palabras mismas, mondas y lirondas, en su función conativa, las que cambian la realidad y el pensamiento. Antes de significar algo o referirse a algo, las palabras son mantras con poder hipnótico, recipientes de profundas emociones, sonidos mágicos que me dicen si soy de los buenos o de los malos, si quien las dice es de los míos o de los otros. Pobre de aquellos que subestimen el valor de las palabras, aquellos que suelen decir: ¿total, vamos a discutir por una palabra? Al despreciar el valor de las palabras, empezamos diciendo lo que no pensamos y acabamos haciendo lo que no queremos. Y es que las palabras nunca son inocentes en boca de los políticos. Y mucho menos en las orwellianas sociedades del siglo XXI. Pervertir el significado de los términos, imponer ciertos usos lingüísticos y estigmatizar otros, abundar en la ambigüedad de vocablos fetiches y dominar la red y los demás medios de comunicación con simples consignas carentes de profundidad y consistencia es la tarea de la nueva guerrilla. En el momento en el que nos acostumbremos a utilizar la palabra nación para referirnos a Cataluña o al País Vasco y llamemos Estado a sus instituciones, estaremos a un paso de escribirlo en un texto legal. Si esto ocurriera la nación española, es decir, la nación política española, dejaría de existir. Y España, o quizá Estepaís, se convertiría de facto en una confederación de estados enredada en múltiples soberanías. Las palabras habrían cambiado insidiosamente la realidad, y los prestidigitadores de las palabras habrían ganado a fuerza de torturar el diccionario y banalizar el lenguaje. Y lo habrían hecho sin heroicas batallas. Al modo en que solía ganar Cantinflas, por aturdimiento lingüístico y volviendo completamente locos a sus adversarios dialécticos.


 Artículo publicado el 16 de Diciembre en el diario INFORMACION de Alicante.

miércoles, septiembre 07, 2016

SISTEMA ELECTORAL


La culpa de que sigamos con un gobierno en funciones no es de la abstención del PSOE ni de la rigidez de Rajoy, sino de nuestro sistema electoral. A menudo pensamos que esta cuestión es baladí, que lo importante es elegir a los diputados por medio de un voto y lo de menos es el modo. Pero lo cierto es que la forma en la que elegimos a nuestros diputados es una pieza clave. Con ella comprometemos el mismo sistema representativo, pues el procedimiento electoral proporcional de listas, vigente en nuestro país, pone en cuestión la misma esencia del parlamentarismo. ¿Podría ocurrir un bloqueo institucional parecido con procedimiento electoral de mayorías? Quizá, pero sería altamente improbable.
El Parlamento representativo clásico es una herencia liberal que se pone en práctica por primera vez en Reino Unido, se generaliza en el continente europeo tras la Revolución francesa y se mantiene vigente durante prácticamente todo el siglo XIX. Los diputados son elegidos para defender los intereses de sus distritos y los de la nación. Los ciudadanos eligen a un representante por distrito usando el sistema electoral de escrutinio uninominal mayoritario: el candidato con más votos gana. Los representantes tienen libertad de conciencia, pero están sometidos a tres lealtades que no siempre pueden conciliar: a los ciudadanos del distrito por el cual fueron elegidos, a los principios ideológicos básicos de su partido y a la propia nación. La conciencia libre del representante habrá de dirimir los posibles conflictos entre ellas, pues no debe obediencia a nadie.
El sistema clásico de representación es clásico, sí, pero no obsoleto o ineficaz. Si insisto en la palabra clásico es porque considero que tiene la dignidad suficiente para ser modelo a imitar. Hoy en día sigue vigente en Reino Unido y en Francia, dos grandes países de los que tendríamos seguramente algo que aprender. En Reino Unido el candidato de distrito sigue eligiéndose a una sola vuelta, pero en Francia, desde la V República, lo eligen en una segunda vuelta si nadie ha conseguido mayoría absoluta en la primera. El sistema se perfeccionó. Sin embargo en el siglo XX en el resto de Europa se impuso el sistema de listas proporcional de elección. Desde la Transición está vigente también en España. ¿Fue un error? Juzguen ustedes tras la comparativa con el sistema británico.
En Reino Unido es la militancia del partido la que elige al candidato. Cierto que el partido puede proponer uno, pero en cualquier caso debe ser admitido por las bases del distrito correspondiente. Sin embargo, en España el jefe del partido elabora con mano de hierro las listas electorales de todo el país.
Los grandes partidos británicos concentran en una dirección nacional las decisiones políticas fundamentales: lo que da entidad ideológica al partido. ¿Se podría decir entonces que los electores británicos votan pensando en su partido y no en el diputado? Quizás, pero cada diputado tiene una oficina en su distrito y parte de su trabajo es estar allí para atender a sus vecinos. Los electores votarán por intereses nacionales o por cuestiones locales. Y, algunas veces, por ambas cosas. A saber. Pero en cualquier caso votan a una persona. Y esta persona, no el partido, será el responsable de sus decisiones políticas. En España votamos a una lista en la que no conocemos a la mayoría de los candidatos. Además es impensable que nuestros diputados nos concedan audiencia para atender a los problemas de nuestro barrio. ¿Verdad?
Ciertamente en todos los países los partidos políticos intentan imponer su disciplina, pero el sistema electoral español consigue de los diputados una obediencia ciega impensable en Reino Unido. En el Parlamento británico los miembros del gobierno se sientan en el primer banco. Tras ellos se sientan los diputados más afines y obedientes: los que forman parte de la estructura del partido. Pero los diputados que están situados más atrás están menos involucrados en esta estructura y son más independientes. Aunque el jefe dictase una orden, pueden incumplirla si su conciencia y su distrito lo aconsejan. Se produce así cierto equilibrio inestable que hace del Parlamento una institución viva y verdaderamente deliberativa. Los ejemplos son múltiples. Muchos parlamentarios laboristas se rebelaron contra la postura oficial de su partido en las votaciones sobre la guerra de Irak y, en cierto modo, los gobiernos de Margaret Thatcher y Tony Blair cayeron por la oposición de parte de sus diputados. Nada parecido a esto sería posible en España donde las sesiones parlamentarias son una sucesión de monólogos llenas de consignas partidarias. La razón es que nuestros diputados solo rinden pleitesía a su secretario general: su único jefe.
En fin, las preguntas son obligadas: con un sistema electoral uninominal de mayorías, ¿seguiría siendo Rajoy el jefe del PP?, ¿seguiría siendo Sánchez el líder del PSOE? Y en cualquier caso, ¿seguirían los ochenta y cinco diputados del PSOE obedeciendo como clones y votando no en la investidura?, ¿cuántos diputados del PP dejarían de votar al candidato actual de su propio partido?
 Publicado en el diario INFORMACION de Alicante el día 6 de septiembre de 2016